alto y claro

José Antonio Carrizosa

El futuro también se llama cultura

LA semana larga que va desde la final de la Copa Davis hasta la conclusión, hoy, del acueducto que forman las festividades encadenadas de la Constitución y la Inmaculada ha puesto una vez más a Sevilla ante la evidencia de lo que es ya su realidad económica y lo que va a ser en el futuro, una vez que se supere, si es que se supera alguna vez, esta larga y cruel crisis. La ciudad y su área metropolitana se asentarán, si se hacen bien las cosas, sobre una industria de alta especialización, como es la aeronáutica, se aprovecharán del movimiento económico que supone ser la capital autonómica y, sobre todo, vivirán de su especialización turística como destino de alta calidad por su riqueza monumental, su capacidad de organizar grandes eventos deportivos y congresos y como polo de atracción de visitantes que buscan una agenda cultural de alto nivel.

Llama mucho la atención que mientras el Ayuntamiento presidido por Juan Ignacio Zoido está demostrando que se ha tomado en serio lo de la potenciación de Sevilla organizadora de grandes acontecimientos deportivos y sociales, se deje de lado la enorme atracción que sobre un turismo de mucho poder adquisitivo puede tener una programación cultural de prestigio mundial. No se entiende que desde las administraciones con competencias en el asunto -municipal, provincial, regional y estatal- se recorte de una forma tan sustancial el presupuesto del Teatro Maestranza y de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Esta semana Charo Ramos ha publicado en estas páginas un completo informe en el que se daban datos de cómo la principal referencia cultural de la ciudad ha sido muy duramente castigada, hasta el punto de haber perdido en los tres últimos años casi la mitad de las ayudas públicas y de haber visto comprometida su programación. Claro que éstos son tiempos de apretarse el cinturón. Pero hay que tener muy claro cuáles son las prioridades de futuro y en Sevilla una de esas apuestas se llama cultura. Hay que dejar constancia, sin embargo, de que a pesar del tijeretazo la profesionalidad de Pedro Halffter y de los gestores del Maestranza han mantenido a flote el prestigio del teatro. Pero si esta tendencia no se corrige, Sevilla puede terminar por perder uno de sus grandes atractivos, que, además, le permitiría codearse con grandes capitales europeas que han hecho de sus temporadas de ópera y conciertos una de sus banderas.

Si lo que viene pasando en el Maestranza no es justificable desde una óptica estatal o andaluza, es mucho menos comprensible la pasividad municipal. Un ayuntamiento puede hacer bien poco por empujar hacia una salida efectiva de la crisis. Ni su nivel competencial ni su capacidad financiera se lo permiten. Pero entre las cosas que sí puede hacer está el fomento de las potencialidades turísticas de la ciudad. Olvidarse del Maestranza es un error de los que se pagan.

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