alto y claro

José Antonio Carrizosa

La gente no es tonta

L OS socialistas fueron barridos de Sevilla capital en las elecciones del pasado mayo porque cometieron el peor error en el que puede incurrir una organización política: dejar de ser útil. Frente a una ciudad que se desmoronaba por los efectos de una crisis que la ha sumido en la depresión colectiva, los que estaban en el Ayuntamiento, con Monteseirín a la cabeza, no sólo no hicieron nada, sino que despilfarraron el dinero a manos llenas en proyectos megalómanos y absurdos como las setas de la Encarnación, convertidas hoy, por cierto, en una especie de feria de pueblo de tercera, dromedarios incluidos. Justo lo mismo que les ha pasado a Zapatero y a su Gobierno, que abandonan la Moncloa con el estigma de haber sido el peor presidente y el peor equipo que la han ocupado desde que tenemos democracia. No han sido útiles porque ni supieron ver la crisis ni supieron gestionarla. Recibieron en las urnas el más duro castigo que se recuerda. Este mismo criterio de utilidad, o mejor dicho de inutilidad, es el que hace que a Pepe Griñán no le llegue la camisa al cuerpo, mientras en la sede del PP de la calle San Fernando ya se reparten los puestos del futuro Gobierno andaluz. Ni Zoido, ni Rajoy ni Arenas despiertan oleadas de entusiasmo popular ni son líderes carismáticos: los que tenían enfrente se han ganado a pulso lo que les ha pasado y les han dejado un camino totalmente despejado para que lleguen al poder con amplias mayorías y horizontes temporales largos. En los dos primeros casos es ya una realidad y en el tercero un pronóstico ampliamente compartido. Como dice el nuevo presidente del Gobierno, las elecciones no las gana nunca quien está en la oposición, las pierde siempre el que está en el Gobierno.

Vienen todas estas obviedades a cuento de lo que desde hace ya algún tiempo pasa con el Rey y su familia. La Corona ha mantenido un prestigio inalterado en las cuatro últimas décadas porque le ha sido muy útil a la sociedad española. Don Juan Carlos, como espero que digan ya los libros de historia -si es que en los institutos andaluces se sigue estudiando historia-, fue el factor decisivo que aglutinó los componentes dispersos y permitió el tránsito de la dictadura a la democracia sin más tiros en las calles que los del terrorismo separatista. Luego, el 23-F, salvó la democracia y desde entonces su discreción y buen hacer le han granjeado el cariño y el respeto de su pueblo. Don Juan Carlos no está en cuestión, pero cuando la Familia Real abandona su segunda fila para aparecer en las primeras páginas con chismes, divorcios y, sobre todo, presuntas chorizadas monumentales, es que la cosa va mal. Si la Monarquía deja de ser útil a la sociedad, y está en trance de que eso pase, su futuro se augura complicado. Y es que, aunque podamos suscribir la vieja teoría de que en España no cabe un tonto más, la gente, como colectivo, no lo es.

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