La ciudad y los días

Carlos Colón

Ser gente...

OIGO por la radio a ese gran pileño, buena persona y aún mejor actor llamado Paco Valladares que en Inglaterra sería Sir Francis Valladares -¿qué no ha hecho, y bien, este hombre en todos los géneros teatrales y la televisión?- y aquí sigue siendo Paco, como cuando era niño en Pilas, referirse a su recuperación de la leucemia y su regreso al teatro y la televisión (Llama un inspector, junto a Concha Cuetos, en el Reina Victoria de Madrid, y un concurso televisivo de copla en el que hará de jurado) con un coraje y un optimismo alentadores para quienes pasen por tan duro trance. "Si me hubiese deprimido -dijo en una ocasión-, habría tenido dos enfermedades, y con una ya tenía bastante".

Al oírle ahora me llama la atención su sentido del humor. "¿Cómo afrontas este regreso al teatro después de casi toda una vida dedicada a él?", le preguntan; "después de casi toda una vida y de casi toda una muerte…", añade Paco. Pero me llama aún más la atención algo que evoca al referirse a sus días de hospitalización. Estaba en una habitación aislada -cuenta- en la que sólo podían verme a través de una ventana de cristal. Veía pasar a la gente tras el cristal y para darme ánimos me decía: "Dentro de poco yo también seré gente".

Le tengo a Paco Valladares un aprecio antiguo, porque no he olvidado el David Copperfield que hizo junto a Carlos Alberti, Elisa Ramírez, Josefina de la Torre y Blanca Sendino para el espacio Novela de aquella TVE que, cosas de la vida, cuando no había libertad era culturalmente más libre y en espacios como Novela nos daba obras de Dickens, Maupassant, Austen, Wilde o Dostoievski, mientras con Estudio Uno nos iniciaba en Ionesco, Chejov o Ibsen (por citar sólo mis descubrimientos de El rinoceronte, La gaviota y Peer Gynt). Ahora tengo otra deuda con él: la que se contrae con quien cristaliza en palabras algo que sentimos o intuimos hace tiempo.

Ser gente… Nada hay más importante. Ser gente es existir como uno más entre muchos, tan iguales entre sí como tan singulares para ellos mismos y quienes los quieren, en un feliz anonimato que la mucha o poca relevancia que dé un oficio no debe romper. Ser gente es hacer lo común que tanta felicidad procura y tantas veces no se valora hasta que se pierde; ya saben: paseos, lecturas, músicas, árboles, charlas, cafés, la primera y última luz de los días largos del verano, arrebujarse en una noche de tormenta, oír llover, el olor a mar… Ser gente es vivir. Y en cuanto a qué sea vivir, vivir de verdad, no tengo a estas alturas duda alguna: disfrutar de las cosas que pasan cuando no pasa nada.

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