Sobre la historia de un gobernador de Sevilla: José Utrera Molina

Este escrito lo firma un pequeño grupo representativo de perseguidos y represaliados por el franquismo, durante esos años, junto a sus mujeres e hijos: Eduardo Saborido Galán, Carmen Ciria Ruiz y sus hijos Pilar, Eduardo y Julián; Francisco Acosta Orge; Francisco Rodríguez Martín; José María Romero Calero; José Hormigo González; Paula Durán; Leonor Mendoza, viuda de Fernando Soto, y sus hijos Fernando, María José y Raúl; Jaime Baena Abad; Francisco Sánchez Legrán; Manuel Velasco Sánchez y María Ribas; Ramón Sánchez Silva y Mercedes Liranzo; Francisco Velasco Sánchez; Joaquín Gonzalo, hijo de Manuel Gonzalo Mateu; Florentino Moreno Avellaneda; Antonio Gallego Fernández; Ismael Martel Marcos; Antonio Gasco Navarro; Angel Oliveros López; Antonio Iglesias Rodríguez; Antonio Naranjo y Julia Campos; y José María Ruiz García.

EL Ayuntamiento de Sevilla ha cambiado de nombre una de sus calles, la que se llamaba de Utrera Molina ha sido sustituida por la del periodista José María Javierre. Por fin, tras muchos años de espera, el Consistorio, por mayoría absoluta, hace justicia cumpliendo la llamada ley de la Memoria Histórica. Gracias, compañeros. Los que suscribimos este escrito, represaliados por la dictadura fascista de Franco por ejercer los derechos y libertades fundamentales que estaban proscritos en España fuimos especialmente perseguidos hasta el final de ese régimen oprobioso.

En Sevilla, especialmente, y en el caso que nos ocupa, en la década de los sesenta el gobernador civil, José Utrera Molina, propició bajo su mandato, muchas veces por sus órdenes directas, los despidos, las detenciones, los malos tratos y torturas, los encarcelamientos, las deportaciones a decenas de trabajadores, sindicalistas, estudiantes, militantes de los partidos políticos -entonces proscritos- todos ellos por ejercer los derechos y libertades fundamentales.

Por ello, se nos aplicó una refinada y amplia gama represiva además de las anteriormente descritas. En estos casos el gobernador civil, Utrera Molina, claro que cumplía las órdenes del dictador pero con especial dedicación y crueldad. Los gobernadores eran como emires, con un poder omnímodo, mano alargada de un califa dictador. No se puede entender de otra manera ese poder cuando al aplicar el estado de excepción en Sevilla, en enero de 1969, decidió deportar a los trabajadores más destacados en la lucha sindical, desperdigándolos a los pueblos más lejanos y recónditos de Andalucía, por ejemplo, a Santiago de la Espada, Valdepeñas de Jaén, Ugíjar o Trevélez; a otros se los entregó a los militares que los deportaron, nada menos, que a El Aiún para cumplir el servicio militar; permitió que la "político social" tirase por las escaleras a un sindicalista detenido y a otro que le estuviesen torturando pegándole con un plato en la cabeza, hora tras hora, durante días; y que enviase a funcionarios a embargar los modestos enseres de los trabajadores que no podían pagar sus multas gubernativas por ejercer el derecho de manifestación… de cualquier manera, más allá de la meticulosa eficacia conque este personaje cumplía las ordenes del régimen dictatorial, es que el simple hecho de cumplirlas no le eximía del grave delito, ya el tribunal de Núremberg que juzgó a los nazis tras la II Guerra Mundial lo certificó solemnemente.

Esta represión sistemática afectaba más que a nosotros mismos a nuestras mujeres e hijos. Pues ellos han estado marcados por el terror de la represión. Las detenciones, en su mayoría, se efectuaban de madrugada, a escondidas, para que no se enteraran los vecinos. Normalmente los hijos se despertaban y ante la escena del padre esposado y conducido por la policía, lloraban desesperadamente; madres e hijos abrazados quedaban en el silencio de la noche con su tragedia y con la incertidumbre de no saber qué iban a hacer con él.

Tras ardua y larga lucha acabamos con la dictadura, conquistamos la democracia e hicimos una transición de un régimen a otro, en general, de forma pacífica, que fue posible gracias al espíritu reconciliatorio que presidió todo el proceso. Nos planteamos no más persecuciones ni revanchas, no más divisiones ni enfrentamientos fratricidas entre españoles tratando de superar un pasado histórico nefasto de nuestro país. Los hitos de este proceso fueron la aprobación de la ley de Amnistía, los Pactos de la Moncloa y la aprobación de la Constitución. Pilares fundamentales que han sustentado la nueva España de las libertades. Pero ese espíritu reconciliador no ha significado nunca el olvido de la historia pasada y, mucho menos, permite el ensalzamiento de aquellos responsables que dirigieron ese proceso de un régimen netamente fascista. El olvido público de la transición y del sacrificio y espíritu que la presidieron es una falta de respeto inmensa o producto de un desconocimiento incomprensible.

Por último, resulta paradójico que se reivindique al personaje que le daba nombre a la calle cuando el sustituto era nada más y nada menos que un periodista, director de El Correo de Andalucía, que sufrió los envites de la dictadura mediante multas y cierres del periódico. Al igual que le hubiera sucedido entonces a cualquier periodista que hoy ejerce el derecho de expresión libre y sin sobresaltos.

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