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Pilar Larrondo

La gran invasión

HAY veces que para ir divina de la muerte te planteas vender tus órganos en el mercado negro, empeñar la monísima pulserita de Hello Kitty que tu tía te regaló el día de tu comunión o incluso acampar a lo Tita Cervera en la puerta del casoplón de Amancio Ortega. Una quiere seguir las tendencias del momento, pero es todo tan caro que casi mejor seguir vistiendo como una pordiosera. Hasta que un día, ¡oh, milagro! Das con esa maravillosa tiendecita de la esquina de la calle de tu mejor amiga en la que nunca habías reparado. El cartel te deja descolocada porque es cutre a más no poder, pero cuando entras descubres que el cielo de la ropa existe y que está en esa tienda.

Todo es made in China, pero parece recién sacado de la pasarela Milán, con una diferencia, con lo que vale un trapito de los "Zaras", los "Cortefieles" y los "Mangos" te puedes comprar el establecimiento entero. Te acercas al dependiente, al que su perfecto acento andaluz le hace un divertido contraste con sus ojillos rasgados, y te cuenta que llevan allí varios años y que tienen más tiendas por la ciudad. Los ojos te hacen chiribitas y das gracias a Dios por haber topado con el mundo asiático.

Adiós a extendido convencimiento de que lugar en el que hay un restaurante chino desaparecen los gatos y vete tú a saber dónde van los animalitos. Ahora la creencia se transforma: lugar en el que un chino donde vendan ropa, mujeres radiantes de felicidad. Y eso lo saben nuestros amigos de ojos rasgados. Por eso, hay 50 tiendas de este estilo cada 2 metros y medio y por eso hay veces que, como te pille desorientada te crees que te has teletransportado a Pekín.

Para muchos es casi una invasión. Quizás, pero bendita invasión si podemos vestir decentes y conservar nuestros riñones en su sitio.

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