opinión

Ignacio F. Garmendia

Uno de los grandes

LA literatura norteamericana del siglo XX ha dado un número admirablemente alto de excelentes narradores, pero si hubiera que elegir sólo unos pocos, el nombre de Philip Roth sería uno de los fijos en cualquier antología. Faulkner, Hemingway, Fitzgerald, Cheever, Bellow o Updike, si no contamos -pero sería imperdonable- al rusoamericano Nabokov. Junto a ellos, el casi octogenario Roth es uno de los grandes novelistas contemporáneos de la lengua inglesa. Incluso dentro de una tradición literaria como la estadounidense, caracterizada en general por el despojamiento y la economía narrativa, la escritura de Roth -que tendió a la incontinencia pero fue haciéndose con el tiempo más desnuda y esencial, sin perder su tono incisivo ni su proverbial crudeza- ha llegado a representar la depuración absoluta.

Los conflictos raciales o identitarios, las contradicciones y debilidades de la sociedad norteamericana, el mundo ingobernable de las pasiones o el sexo en su versión más desinhibida, son algunos de los temas recurrentes de Roth, en cuya obra confluyen la vocación de satirista político, el gusto judeoamericano por la farsa, una visión escéptica de la naturaleza humana y la convicción de que las pulsiones irracionales, como afirma el psicoanálisis, están detrás de muchos de nuestros comportamientos y motivaciones. Empezando por los suyos propios, porque Roth, obsesivo hasta la neurosis, no ha tenido reparos en recrear sus orígenes, su trayectoria personal y sus conflictos íntimos en su obra narrativa, por la que deambulan varios personajes -Alexander Portnoy, David Kepesh, Philip Roth o Nathan Zuckermann, este último como verdadero alter ego- que o reviven algunas de sus experiencias o son trasuntos apenas velados del autor, en clave irónica o a menudo sarcástica.

El mal de Portnoy, que fue uno de sus primeros éxitos, y la más reciente Trilogía americana son algunas de sus obras maestras, pero entre ellas debe contarse por fuerza la autobiográfica Patrimonio, una conmovedora historia verdadera de obligada lectura para los interesados en su mundo narrativo. Ahora bien, en otras ocasiones, todo hay que decirlo, sin dejar de ser un gran narrador, Roth se ha acercado peligrosamente a su caricatura. La vejez, la desposesión, la enfermedad y la muerte, junto a una fijación por el sexo que no ha menguado con los años, caracterizan sus obras de la última década, que proponen una visión crítica y desesperada de la realidad, nihilista, crepuscular y alejada de toda trascendencia.

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