En tránsito

eduardo / jordá

U no de los grandes

EL escritor rumano Mircea Cartarescu, que estuvo amenazado de muerte por el simple hecho de expresar sus ideas en los periódicos -algo que parece más propio de la Europa de los años 30 que del año 2014-, acaba de decir en Barcelona que el odio es una de las fuerzas más descomunales que operan hoy en su país. Y esto sucede a la vez que 18.000 tuiteros españoles lanzan mensajes antisemitas sólo porque el Real Madrid perdió un partido de baloncesto con el Maccabi de Tel Aviv, y justo una semana después de que las redes sociales se llenaran de insultos vomitivos contra la presidenta de la Diputación de León que acababa de ser asesinada de un tiro en la cabeza, una imagen que nos lleva a los peores crímenes de ETA, o yendo más atrás, a la forma en que los nazis ejecutaban a sus prisioneros (y no olvidemos que los siniestros policías de Stalin actuaban igual).

¿Qué está pasando aquí? Es cierto que el odio ha existido siempre, sólo que antes no se hacía tan visible o sólo se manifestaba a una escala menor, en la barra de un bar o en una discusión entre amigos, mientras que ahora las redes sociales permiten contabilizarlo y amplificarlo y eso le hace cobrar una fuerza que antes no tenía. Y también es cierto que sólo una mínima parte de los mensajes que circulan por Twitter o Facebook se dedican a difundir la hostilidad y los prejuicios más estúpidos. Pero aun así, es evidente que el odio se está convirtiendo en una especie de estado latente de opinión que se ha introducido en nuestra sociedad -y en toda Europa- y que no sabemos hasta dónde puede llevarnos. En Ucrania, donde hace diez años nadie podría imaginar lo que está pasando ahora, ya se están disparando en las calles. Y el rumano Cartarescu avisa de que su país, que pertenece a la Unión Europea, ha entrado en un proceso muy parecido al que se ha vivido en Ucrania.

Aquí, por fortuna, las cosas no han llegado tan lejos, pero ninguna sociedad es tan estable y tan indestructible como nos gustaría creer que es. Si se alarga la crisis económica y los poderosos siguen comportándose como se comportan, mientras que las instituciones continúan en caída libre ante la opinión pública y se siguen atizando los odios en Cataluña y el País Vasco, esta sociedad puede convertirse en una olla a presión. Basta con que los extremistas de uno y otro bando -es decir, los profesionales del odio, los trolls y los peores demagogos populistas- acaben contagiando a una población hastiada y desmoralizada y hundida económicamente. Basta eso, sólo eso.

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