el periscopio

León Lasa

Nada es gratis

LOS juegos de palabras, las cuchufletas, las rimas simpáticas, los acrónimos "ocurrentes" se suceden con respecto a España, ya sea en nuestro propio idioma o en el multilingua siglo XXI. Parece que fue ayer cuando estábamos de moda, cuando éramos sinónimo de éxito o cuando creábamos la mitad del empleo de la Unión Europea (bien es verdad que únicamente a costa de construir más de la mitad de edificaciones de la misma Unión). Incluso ser español era algo cool, fashion, que parecía tener sus ventajas en el siempre interesado mercado del amor (a este respecto lean el imprescindible The moral animal: Why we are the way we are, de Robert Wright). Todo ello, como diría el replicante Nexus 6, se ha perdido en el tiempo como lagrimas en la lluvia. En 2012 España forma parte -nos guste o no- de los llamados países PIGS, y revistas importantes en el ámbito político y económico rotulan sus portadas con un toro moribundo y la frase Spain is a pain. Honestamente, una lástima, pero es lo que hay y es a lo que nos tendremos que acostumbrar durante varios años. Creíamos que íbamos a jugar siempre en la Championlí económica y hemos pegado el segundazo.

Una de esas revistas sajonas titula esta semana uno de sus artículos en español, algo realmente inusual: Nada es gratis; y se refiere en su contenido al precio que debe pagar el llamado banco malo por los activos inmobiliarios tóxicos que le van a vender los bancos españoles.

Pero del artículo salto al magnífico blog del mismo nombre -que el semanario destaca: www.nadaesgratis.es-y de ahí al libro, escrito por un colectivo de economistas pertrechados bajo el pseudónimo de Jorge Juan, cuya lectura me ha apasionado estos últimos días. ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué soluciones hay para nuestros jóvenes? Quizá, haciendo un ejercicio de síntesis, el problema principal que arrastramos -dejando de lado por un momento la deuda galopante, el déficit y demás- sea el bajo nivel educativo de la población española, y en especial, sí, de nuestros jóvenes si los comparamos con sus pares de más allá del Rin. Por mucho que queramos engañarnos a base de títulos, másteres y demás zarandajas (en el mejor de los casos) no damos la talla en asignaturas tan elementales como el inglés o las matemáticas. Las estadísticas PISA están ahí para corroborarlo. Creamos en su día millones de puestos de trabajo... pero precarios y de bajo valor añadido, puestos, digamos, low cost: construcción y hostelería. El camino no debe ir por ahí. No repitamos los mismos errores cuando llegue, si llega, el próximo boom.

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