La esquina

José Aguilar / Jaguilar@grupojoly.com

Contra lo gratis

UNA mujer de Tarragona lo ha contado en carta al director en un periódico de la competencia. Oyó en una tienda la conversación de dos señoras, una de ellas embarazada:

-¡Qué suerte tienes con los 2.500 euros que te va a dar el Gobierno!

-Con ese dinero vamos a comprar un televisor de plasma, que a mi marido le hace mucha ilusión.

La tarraconense afeó sus palabras a aquella embarazada que se jactaba del destino que pensaba darle al cheque-bebé. Le contestó que el dinero era suyo y que hacía con él lo que le deba la gana, a lo que nuestra cívica protagonista replicó: "También es mío, que eso que le dan es parte de los impuestos que pago".

La anécdota refleja a la perfección lo que yo pienso. En primer lugar, destruye la idea demagógica de que lo gratis no lo paga nadie. Es justamente lo contrario: lo pagamos todos. Por tanto, hay que ser muy cuidadosos con la selección de prestaciones y ayudas que el Estado dispensa a todos los ciudadanos. No es lo mismo garantizar para siempre la gratuidad de la asistencia sanitaria o la enseñanza obligatoria que dar dinero a los padres por tener un hijo en vísperas electorales (obviando, por cierto, que las causas de la caída de la natalidad son profundas, no se arreglan con cheques).

Lo gratis sufre siempre un doble perjuicio: todo el mundo lo busca y nadie lo valora, precisamente porque no cuesta nada conseguirlo. Pero es que, además, resulta muchas veces enormemente injusto. Trata igual a los desiguales. En el caso de los cheques-bebé, subvenciona de modo idéntico a las familias pobres que a las ricas o de clase media. Las primeras emplearán su cheque en pañales y biberones, y las otras, en televisores de plasma. Con los libros de texto gratuitos pasa tres cuartos de lo mismo. ¿Por qué hemos de pagarles entre todos los libros de texto a los hijos de gente a la que le sobra el dinero?

El modelo social al que aspiramos ha de parecerse al que dibuja la Ley de Dependencia, que establece las ayudas a las personas dependientes y sus familias en función de la renta de cada cual, no al de las gratuidades innecesarias nacidas de ventoleras electoralistas. Y no hace falta que ningún Solbes lo avise. Más bien se trata de aplicar el sentido común, que recomienda ser extremadamente cuidadosos con el dinero de los contribuyentes. Ni siquiera Zapatero es capaz de obrar el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. No tiene una maquinita en el Banco de España que fabrique billetes de 500 euros sin tasa y -lo más importante- sin que pierdan su valor. Engordar una partida de gasto social equivocada enflaquece, en la misma medida, otra partida, más acertada por responder a una necesidad real de los más desfavorecidos.

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