Francisco Correal

Cómo me gusta, primito hermano

UN día recibí una llamada en el periódico de Rogelio Delgado. Tenía urgencia por hablar conmigo. Yo aún no tenía móvil. Caminaba por la plaza Virgen de los Reyes y me acerqué a la cabina que está junto a la placita de Santa Marta. Llamé a la oficina de RD Editores y pregunté por él. Había recibido unos manuscritos de Peregil y me pidió que le diera nombres de escritores que pudieran darle forma para un libro de vivencias y memorias. Tal como lo cuento, en ese momento vi a un escritor muy conocido paseando en compañía de su esposa por la calle Mateos Gago. Le dije a Rogelio: estoy viendo al hombre que buscas. ¿Quién es?, me dijo. Era José Saramago, el Nobel portugués. El mundo oral, casi ágrafo, del saetero y tabernero de Manzanilla tiene más que ver con el universo de parientes a los que evocó Saramago en su discurso del Nobel ante los académicos de Estocolmo que con la cultura de los pedantes. Me despedí de Rogelio y me acerqué a saludar a Saramago y a Pilar del Río, a los que obviamente no les hablé del encargo del editor. Después sería Joaquín Arbide, el enciclopedista de las tabernas de Sevilla, el que ordenó esos materiales. Y no lo hizo mal, a juzgar por los resultados: el libro de Peregil fue el más vendido en la Feria del libro de ese año, superando incluso al mismísimo Saramago el año que fue el portugués pregonero del certamen.

Los taberneros de Manzanilla son los montañeses del sur. Un día convocó Peregil a sus paisanos y llenó tres autobuses que se desplazaron desde Sevilla a ese pueblo vinatero de la provincia de Huelva que junto con Villalba del Alcor, que se especializó más en restaurantes (Robles, El Espigón, El Cairo, Modesto), contribuyeron a darle a la restauración sevillana unos niveles de humanidad que se han ido deteriorando con las franquicias. No se quiere decir que el trato de éstas sea vejatorio.

El epíteto humano alude a la afinidad que se va creando entre el tabernero y sus parroquianos, a una cierta distancia moral, y en ese sentido Peregil tenía su feligresía con un espectacular efecto multiplicador sobre visitantes foráneos que encontraban en Quitapesares una síntesis aproximada de las querencias de la ciudad a la que acababan de llegar. Todo ello aliñado con los cantes del dueño de la taberna, esparcido en una galería fotográfica con la flor y nata de la cultura española e incluso de la realeza. Su casa era la casa de todos y el nombre del negocio, Quitapesares, se ajustaba al principio sagrado que Antonio Díaz-Cañabate encontró en la taberna de Antonio Sánchez: "Las desgracias no entran en la taberna, los desgraciados sí". Peregil iba más lejos. Si el desgraciado no dejaba la desgracia en el servicio de guardarropía, él le quitaba la pena y el pesar, le sacaba la sonrisa y lo devolvía a la calle en perfecto estado de revista. Su voz poderosa se apoderó del Lope de Vega cuando le puso sonido al cine mudo de Currito de la Cruz en la sesión especial del festival de cine. Cantante a la intemperie de esquinas y balcones: de ahí tal vez surgió su amistad con Alfredo Kraus, con el que se encontrará en las vienas del cielo.

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