Del diostoro

Barquerito

El habla de los toros,mmm...

DE Juan Pedro Domecq padre y patriarca se soltaron ayer seis toros, pero sólo cinco contaron porque uno de ellos, cuarto de corrida, se descacharró enseguida. Era el toro más en tipo de la corrida. Muy astifino. Ni las alturas del segundo, que parecía montado en dos zancos o calzado con alzas. Ni la justeza tan de mínimos que lucía el primero, que fue el más alegre de los seis de corrida.

La alegría dura poco en el toro frágil. No tuvo ninguna fuerza ése y, como hacen por sistema los toros flojos, calamocheó en el caballo y claudicó en banderillas. Y se puso a llorar. "¡Mmmmm…!" Se transcribe con ú: mú. Es en realidad un musitado bramidito. Algo lastimero. Por eso, cuando un toro muge, se dice que llora. O se puede decir.

Quien más y mejor estudió los sonidos que emiten los toros fue don Álvaro Domecq, que tenía finísimo oído. Don Álvaro profundizó cuanto pudo en la interpretación del lenguaje de los toros. No del lenguaje taurino, que es otra cosa, sino del lenguaje con que se expresan y entienden los toros como si se hablaran o quisieran hacerlo unos a otros.

Tal vez sea un atrevimiento llamar lenguaje a lo que propiamente no es tal. Pero si no echáramos manos de las metáforas para hablar de toros, estaríamos perdidos, vacíos, huérfanos. No se iría a los toros si no se pudiera hablar de ellos. El toro llorón suele ser más manso que bravo. Se entiende que llorar es síntoma inequívoco de mansedumbre. Pero no hay regla sin excepción. No es por echar mano de una frase hecha, pero también ha habido grandes toros que han llorado un poco y no tan poco.

El destete es una edad decisiva en la vida del toro y debe de ser entonces cuando el toro desarrolla a modo de defensa un sistema sonoro de señales atávicas. En como una jerga de grey o gremial. Con sus acentos particulares. A cualquiera le cuesta descifrar ese código fonético. No a los vaqueros. Los vaqueros aprenden a comunicarse verbalmente con los toros. No es ese jé, toro, jé tan de sainete, sino un refinado sistema de sonidos onomatopéyicos. A ellos responde el toro incluso con docilidad. Torear consiste en persuadir a un toro. Parte de la persuasión es obligadamente verbal. A los toros les gusta que les hablen. No que les griten. Los gritos encrespan a los toros como a cualquiera. Al toro herido, más.

¿Y la música? Depende de la clase de música. La acústica de la Maestranza es tan privilegiada que una pieza bien sonada puede ser una caricia para el toro en los oídos, que están dentro de las orejas. Sólo se habla de las orejas de los toros. Mal hecho. El toro responde a la voz. Y a la voz obedece casi siempre. El lenguaje de las orejas de los toros es otra cuestión. Bien distinta. Pero también se pueden leer las orejas de los toros. Sus movimientos, que traducen instintos con la misma transparencia que los sonidos.

El quinto toro de la corrida de Juan Pedro gruñó mucho. Gruñir es señal de genio. No el bramidito musitado del llorar. Aquí se emplean las cuerdas vocales. Siempre impone el gemido del toro que gruñe. No a Sebastián Castella esta vez. Ni casi nunca.

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