Opinión

Juan Manuel Suárez Japón

¿Qué estamos haciendo mal?

PORQUE, como se decía en el cuplé, "hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad", conocí a través de las ediciones digitales de la prensa andaluza la noticia de la decisión que, al parecer, habría tomado Cristina Hoyos destinada a poner en venta la obra que ella había concebido con toda su capacidad de ilusionarse, que es mucha y que fue siempre el principal impulso de su vida: el Museo del Baile Flamenco (MBF). Podrá parecer un artificio para componer este artículo, pero responde a la estricta verdad que leí esta información en Buenos Aires, en el hotel en que me alojaba, muy cerca de la Plaza de Mayo, donde todavía un irredento grupo de manifestantes sostiene su acampada de reclamación en demanda de sus no reconocidos derechos por sus presuntos o reales servicios al Estado argentino en la ya lejana guerra de las Malvinas. Aprovechaba así un breve espacio de tiempo de espera, antes de que vinieran a recogerme para asistir a uno de los muchos espectáculos de tangos que cada noche la gran ciudad bonaerense alberga para el disfrute de sus visitantes y de sus infinitos seguidores locales. La noticia de la decisión de la artista sevillana, aceptando finalmente tener que tirar la toalla y cerrar de mala forma el que era y es uno de sus sueños no podía por menos que afectarme y dejarme una ácida sensación de tristeza. Una tristeza que se tornó pura envidia sana cuando poco después me vi envuelto en el admirable ambiente de aquella tanguería.

Sé bien que la decisión de hacer el MBF no fue fácil. Nadie, ni Cristina Hoyos ni su entorno inmediato, ignoraba la magnitud del riesgo, la dificultad de abrir un espacio cultural en torno a un mundo tan complejo como el flamenco, un mundo lastrado por tantas inercias y tantas prevenciones y desidias. Pero el deseo de la artista sevillana fue más fuerte que todas las cautelas. Cristina había asumido que ese proyecto era como la culminación de su trayectoria, una forma de homenajear al baile, el territorio donde ella fue haciendo reales sus fantasías de niña sevillana de la dura posguerra que quería ser artista y donde pudo al fin alcanzar la cúspide. Muchas veces la oí decir que cuando en los grandes teatros del mundo oía los aplausos entusiastas cerraba los ojos y jamás dejaba de verse en las sesiones dominicales de Galas Juveniles, aquellos efervescentes laboratorios de tantas ilusiones arremolinadas en torno al magisterio de Adelita. Cristina Hoyos decía sentirse con una especie de deuda con el baile y entendió que este museo podía ser una forma de satisfacerla.

Pensaba en ello en tanto llegaba al llamado El Viejo Almacén, donde las gentes se agolpaban en la puerta. Miré atento y constaté que no sólo somos turistas quienes esperamos para entrar. El ritual del tango atrae a los suyos y por eso acuden a un local donde saben que su música es ofrecida con rigor, sin las simulaciones fáciles vendidas al incauto visitante ocasional. El local es pequeño y conserva la estructura con la que comenzó a ser de tangos tras una inicial vinculación a las tareas de las que procede su nombre. Cristina Hoyos también diseñó el museo para ofrecer flamenco en formatos reducidos, para la cuidadosa degustación de los aficionados y para el fiel conocimiento de los visitantes foráneos, pero probablemente nunca tuvo la entusiasta acogida que observo en torno a mí. Y así, en tanto mis pensamientos van y vienen en estas comparaciones inevitables, las luces se atenúan y comienza un espectáculo en el que discurren diversas generaciones de artistas, -músicos, parejas de danzantes, bandoneonistas-, que nos permitían entender que también en el tango, como en el flamenco, el tiempo deja tensiones creativas entre la tradición y la innovación.

No fue la única vez en que pude constatar la diferencia. Asistí a otra noche de tangos en un local llamado Torcuato Tasso, literalmente tomado por un público fácilmente identificable como una cierta intelectualidad progresista. El ambiente era distinto pero era idéntico el modo en que el tango era ofrecido en un entorno de respeto, incluso de orgullo que se tornó entusiasmo en el momento en que dos viejos intérpretes, -que aquel público reconocía como clásicos de su arte-, subieron al escenario. Una de las cantantes fue subida con ayudas en el mismo modo en que recordaba haber visto por última vez a Bernarda de Utrera en el Lope de Vega, pero allí se estaba escenificando un homenaje benéfico. En todos los casos los espectáculos argentinos eran fruto de iniciativas privadas, de empresarios que sabían que el tango es, además de un hecho lleno de connotaciones culturales, un producto demandado y un factor de identificación de la hermosa capital argentina y un mero paseo por la misma nos permitía advertir que esos centros donde el tango se ofrece, se explota y se respeta, son muy numerosos. ¿Por qué aquí no?, ¿por qué no es posible que algo parecido pueda hacerse con el flamenco, que tiene una irradiación y una aceptación internacional incluso superior a la música porteña y una tentativa como la que Cristina Hoyos ha promovido ha de acabar en esta forma?, ¿qué estamos haciendo mal?

Cuando Cristina Hoyos inauguró el MBF recibió críticas muy duras de quienes la usaron para seguir practicando una política despreciable. Ahora estarán frotándose las manos y afilando las armas para volver al ataque. Pero la derrota que celebran nos es sólo la de la artista sevillana, sino la de la definitiva implantación del flamenco en el marco de una sociedad moderna en la que nuestro arte ha de tener un papel que trascienda el viejo entretenimiento que le asignaron los poderosos.

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