Por si acaso

pablo / gutiérrez-alviz

Una herencia de libro

LOS manuales de Derecho Civil explican con detalle todas las operaciones jurídicas necesarias para practicar una correcta partición de herencia. Las buenas letras de estos textos no se suelen respetar porque, con demasiada frecuencia, los herederos sucumben a los dos pecados capitales en la tradicional sucesión de padres a hijos: la avaricia y la envidia. Pocas herencias son de libro. En todo caso, Sancho Panza, rudo y pragmático, decía que "esto de heredar algo, borra o templa en el heredero la memoria de la pena que deja el muerto".

Hace poco he tenido la amarga satisfacción de comprobar que las herencias de mis padres han sido de libro en todos los conceptos. Y es que ninguno de los herederos (cinco hermanos) ha pretendido ninguna desigualdad ni beneficio y, el único problema consistió en elegir el destino idóneo para la biblioteca familiar. Conviene recalcar que nuestro padre, que fue director de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras durante doce años, como buen intelectual andaba obsesionado con los libros: eran sus mejores amigos. Y claro, no sólo los leía y conservaba con devoción sino que también renovaba esa relación de amistad buscándolos en sus baldas para la pertinente consulta o relectura. La casa era una sucesión de estanterías con doble fondo en casi todas sus dependencias, hasta en los huecos de los radiadores de la calefacción. Criarnos en este ambiente facilitaba que la vida familiar fuera de libro.

La biblioteca comprendía varios campos de las buenas letras: Derecho (procesal, romano, civil...), Historia, Filosofía y Literatura. Y los hijos y herederos, sabedores que faltaba el alma y creador de la misma, no quisimos que este fondo de cultura viva terminara solitario y moribundo en "el cementerio de los libros olvidados" del escritor Ruiz Zafón, quien afirmaba que, en realidad, los libros no tienen dueño, han sido los mejores amigos de alguien pero quieren tener más amistades y ser útiles a todos. En consecuencia, interpretando su voluntad, los hemos ido donando, temáticamente, a distintas instituciones públicas y privadas de Sevilla y Madrid.

El broche final de este proceso se consumó el pasado lunes con la entrega de la espléndida colección Rivadeneyra a la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, su destino natural. Con ese acto, huérfanos y emocionados, hemos podido culminar una herencia de libro.

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