La ciudad y los días

Carlos Colón

El héroe del Metro

SE propondrá al agente de la Policía Nacional conocido como el héroe del Metro para la Medalla al Mérito Ciudadano de la Comunidad de Madrid. Pero aun más importante es la medalla que él nos ha concedido a todos: que nos sintamos mejor de lo que somos al contemplar cómo deberíamos ser; y cómo nos gustaría ser si el miedo, la pereza o el fatalismo no nos paralizaran, haciéndonos creer que el ser humano es el que es y las cosas son lo que son. No es cierto. Tenemos la capacidad de ser mejores de lo que en cada momento somos y así hacer mejores las condiciones de vida de todos. También la de ser peores y empeorarlas. Esta tensión es la vieja batalla entre el bien y el mal que algunos, para satisfacción del Mal, creen anticuada o inútil.

Esta batalla no sólo se libra en los grandes momentos de la Historia, sino cada día. Y no sólo la libran hombres excepcionales para el bien o el mal, sino todos nosotros. El caso del héroe del Metro es límite y excepcional, y por eso nos ha admirado a todos. Pero usted y yo tenemos, desde el ámbito familiar al profesional y el social, la posibilidad de hacer mejores a los demás por el simple procedimiento de procurar mejorarnos a nosotros mismos. Es lo contrario, ya lo sé, de lo que el cine de mayor prestigio y la televisión más abyecta -curiosa coincidencia la que de alguna forma une a Haneke con Rodríguez Menéndez- nos dicen sobre lo peor de la naturaleza humana que los nihilistas de postín dan por perdida y los mercaderes de la basura exhiben. Ya saben: por un lado el batracio francés afirmando que "el infierno son los otros" (lo que se le debió ocurrir al reflexionar él mismo) y por otra la telebasura postulándose como telerrealidad.

Lo mejor del héroe del Metro, además de la vida que salvó, es proponerse como límite al que debemos tender y excepción que invita a la emulación. Sin saberlo ratificó con su gesto las palabras dichas por Confucio hace 2500 años: "Todo hombre tiene un corazón que reacciona ante lo intolerable. Imaginad que un niño cae a un pozo, ¿para salvarlo no arriesgaría su vida sin pensarlo quien ni tan siquiera lo conoce? Sin un corazón que no sienta compasión no se es humano; sin un corazón que no sienta horror ante el sufrimiento ajeno no se es humano. Así como el agua fluye naturalmente hacia abajo, la naturaleza del hombre tiende naturalmente al bien. Por eso hay en todo ser humano una moralidad intrínseca que puede cultivarse". Que esto es verdad, y no sólo palabras, es lo que demostró Ángel, el joven Policía Nacional que se tiró a las vías cuando llegaba el Metro para salvar a un desconocido.

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