La tribuna económica

Joaquín Aurioles

La hipótesis de la joroba

HABRÁ que esperar a que se calmen las aguas, pero todo parece indicar que si alguien tiene que rectificar, no será precisamente el Gobierno, a pesar la fuerte apuesta a favor del éxito de la huelga que supuso el decreto de servicios mínimos. Más bien parece que sean los sindicatos los que deban reflexionar sobre el camino recorrido durante las dos últimas décadas. Con una imagen marcada, al menos en apariencia, por subvenciones millonarias; por el apego, en lugar de por el enfrentamiento, al poder y los privilegios; por su presencia en los más variopintos consejos de administración, incluidos los de algunas entidades financieras; por su participación complaciente y remunerada en la concertación social; por el soporte a la política económica y social del Gobierno; pero sobre todo por su condescendencia con el desempleo, a sus dirigentes no les va a quedar más remedio que reconocer que se acaba el margen para seguir intercambiando apoyos sociales por apoyos políticos.

Se arriesgan a que ni siquiera la complicidad gubernamental consiga impedir la aparición de otros grupos decididos a ocupar el creciente vacío que les rodea.

Puede sonar a broma, pero es posible que también los sindicatos tengan que afrontar su propia reforma estructural y con una marcada orientación hacia la recuperación del compromiso social que se espera de su actividad, al menos en la lucha contra el paro. Posiblemente también hacia la recuperación de su responsabilidad en el funcionamiento de la economía, especialmente en la implementación de las políticas anticíclicas y anticrisis.

No hay fórmulas magistrales, pero sí experiencias para todos los gustos. Por un lado están los países del norte de Europa, donde sindicatos muy poderosos y con elevados niveles de afiliación soportan un modelo de negociación colectiva muy centralizado, pero también con resultados ejemplares en materia de desempleo. En el lado opuesto están Estados Unidos, Suiza o Japón, con organizaciones mucho más descentralizadas, pero donde también el nivel de desempleo es reducido. A los países nórdicos se les atribuye una cultura sindical fuertemente comprometida con los problemas económicos y sociales del país, pero sobre todo con las políticas de bienestar y la lucha contra el paro.

Los modelos más descentralizados facilitan la aproximación de las reivindicaciones salariales a la productividad, y por tanto, la creación de empleo, aunque a costa del recorte en el poder de negociación de los sindicatos.

Entre estas dos opciones están las del Reino Unido, Francia, Italia o Bélgica, dónde el nivel intermedio de descentralización de las organizaciones coincide con las mayores tasas de paro. Precisamente porque la representación gráfica de la distribución da como resultado una curva con la parte central más elevada que en los extremos, se conoce como hipótesis de la joroba a la que defiende que se trata de los modelos sindicales que generan más desempleo y que uno de sus principales determinantes es la estructura de la negociación colectiva. Lamentablemente, España se coloca en el centro de la distribución y en lo más alto de la joroba.

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