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rafael / sánchez Saus

Una de historia

LOS terribles sucesos de Túnez me han cogido enfrascado en el estudio de la desaparición del cristianismo del Norte de África a raíz de la conquista árabe de fines del siglo VII, así que tendrán que perdonarme ustedes hoy la tal vez gratuita lección de medievalista.

Sepan, si no lo sabían ya, que hasta entonces, en aquellos países de vieja tradición grecolatina convivían de forma bastante aceptable paganos, judíos y los mayoritarios cristianos. La islamización supuso la conversión forzosa de los primeros y la marginación de "las gentes del Libro", de forma que doscientos años después eran residuales. Esto puede parecer un mero episodio de historia de las religiones, algo que atrae poco o nada a los europeos de hoy, para los que sobran todas. Pero conviene saber que, al mismo tiempo, en todo el Magreb se levantaron feroces guerras entre árabes y beréberes y entre las distintas sectas islámicas, se fraccionó el país políticamente y se retrajo la vida urbana. La economía productiva se desplomó con la reducción de los cultivos y el avance del desierto para ser sustituida por prácticas predatorias de las que España fue muy pronto la primera víctima, pero también las costas mediterráneas, sometidas a la piratería durante siglos, y los pueblos negros del Sur, vivero inagotable de esclavos. La mujer, que tenía una singular relevancia y estatus jurídico en la sociedad previa, de los que son una prueba aún las reliquias que de ello se mantienen en algunas tribus beréberes actuales, fue otra de las principales víctimas del proceso. En el siglo XI, sobre esa ruina ya bien labrada, cayeron sobre el Magreb como plaga de langosta, en el curso de uno de los innumerables episodios sectarios, las fanáticas tribus de árabes hilalíes, bárbaros ante los que almorávides y almohades, que los siguieron, parecían casi doctos, suaves y clementes. La imparable decadencia terminaría, de escalón en escalón, en la postración colonial del siglo XIX a la que hoy se acostumbra a ver como origen, y no como consecuencia, de todos los males de esos países.

Por supuesto, nada de lo anterior tiene que ver con el islam, religión pacífica y tolerante cuyos adeptos se distinguen en todas partes por sus excelentes relaciones de vecindad, su ponderada autocrítica, su contribución al desarrollo de la ciencia y el escrupuloso respeto de los derechos humanos. He dicho.

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