Por montera

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El hombre del Metro de París

DURANTE los minutos que puede durar la lectura de este artículo, déjeme llevarle a París, donde todo resulta más intenso, tanto para lo bueno como para lo otro. El martes pasado, en la estación de Richelieu-Druot, uno de los trenes del metro parisino transitaba atestado de aficionados del equipo del fútbol inglés del Chelsea. Sí, el que entrena el famoso José Mourinho, el equipo del exclusivo barrio del centro de Londres. Faltaba un rato para que comenzara el partido de Champions entre el Paris Saint Germain y el Chelsea, y los aficionados ingleses venían apretándose dentro del vagón, cantando muy animados sus himnos rituales. El tren entró en la estación, se detuvo, abrió las puertas. Y uno de los viajeros que esperaban se acercó e hizo ademán de subir para instalarse en un mínimo hueco entre los hinchas ingleses. Pero se topó con una mano que lo empujó hacia fuera.

¿Qué pasaba? Los cánticos se apagaron. Algunos de los pasajeros que habían decidido esperar en el andén a otro convoy que viniera más desahogado se dieron cuenta de que algo extraño ocurría. Algo peligroso. El hombre intentó subir de nuevo. Y vino un nuevo empujón. Y otro. Manos decididas salían a su paso para arremeter contra él y expulsarlo. Estupefacto, el parisino se plantó frente a las puertas abiertas, muy cerca del tren, me atrevo a decir que con cierto peligro si el maquinista hubiera echado a andar en ese instante. El hombre del metro de París era un hombre negro.Y los hooligans retomaron sus cánticos, esta vez para gritar a coro: "¡Somos racistas, y así es como nos gusta! ¡Somos racistas, y así es como nos gusta!".

Algunas personas salieron del vagón. Una de ellas, una mujer negra. Quizá estuvo a punto de ocurrir algo peor. Dentro de una olla a presión de odio, las reacciones de una manada de descerebrados nunca pueden predecirse. Alguien grabó la escena y la ha subido a internet. Se ven las caras de algunos agresores, para la infinita vergüenza de sus padres. El Chelsea ha anunciado medidas. En fin, considero fácil el recurso de decirles que yo era ese hombre. Y que usted también. Y que todos somos el agredido. El hombre negro. El negro. El parisino. Pero no se trata de que nos clonemos para afirmar de manera machacona que todos somos la misma persona. Se trata, me parece, de que siendo distintos nos tratemos por igual. Yo no soy ese señor del metro de París. Pero me duele, y mucho, lo que le han hecho.

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