La tribuna

Luis Gómez Jacinto

Algunos hombres buenos

Que un perro muerda a un hombre no es noticia, se enseñaba en las antiguas Facultades de Periodismo; lo verdaderamente noticioso es que sea el hombre quien muerda al perro. Dudo que se siga ilustrando con este ejemplo a los nuevos aprendices de periodistas. En las portadas y los titulares de la prensa diaria las noticias sobre la maldad humana son la moneda común. No hace mucho que nos desayunábamos con la increíble historia del monstruo de Austria; hace unas semanas otro monstruo, éste en Huelva, abría todas las cabeceras televisivas con el caso Mari Luz. Intentos de linchamiento colectivo de una familia gitana o de unos bomberos supuestamente lentos; palizas a indigentes de un guardia de seguridad del Metro; hazañas grabadas en móvil por algún adolescente descerebrado; las muertes sistemáticas de mujeres a manos de sus compañeros sentimentales; el terrorismo que no cesa...

Todos buenos ejemplos de las noticias periodísticas que diariamente nos muestran el lado más oscuro del ser humano y que, a fuerza de repetidas, dejan de afectarnos. Con este panorama, ¿a alguien le va a sorprender que mañana los titulares abran con la noticia "Un hombre muerde a un perro"?

Tanto efecto tienen los medios de comunicación social sobre la construcción de la realidad que si sólo dispusiéramos de éstos como fuentes de conocimiento, la imagen que tendríamos de los seres humanos sería tan negativa como falsa. Pareciera que la bondad es una palabra desterrada de los titulares; una excepción a la regla violenta de nuestro comportamiento. Allí, perdida en una esquina de la parte izquierda de las páginas centrales del periódico, puede que se muestre la cara bondadosa de la naturaleza humana. Por ejemplo, una noticia de hace unas semanas, olvidada entre tanta catástrofe social: "Un murciano recibe el primer riñón de donante vivo no familiar". Así somos: capaces de lo peor, pero también de lo mejor. Nos pasa como al oficial Ryan de la oscarizada Crash, interpretado por un magnífico Matt Dillon, quien lo mismo exhibe la imagen del racismo más rancio que la ternura familiar hacia un padre enfermo, o el riesgo personal por salvar de las llamas a una persona atrapada. El altruismo es la otra cara de la moneda, más común, afortunadamente, de lo que leemos, vemos y escuchamos en los medios.

Como en otras especies animales, en el homo sapiens el altruismo biológico es una constante. Hacer algo que ayuda a otro organismo, incluso en detrimento de sí mismo, es una característica que compartimos, sobre todo, con los denominados animales sociales, capaces del autosacrificio en beneficio del grupo. Quizás el mejor ejemplo de altruismo nos lo proporcionan los cuidados paternos. Los pájaros y los mamíferos suelen cuidar a sus descendientes durante periodos prolongados. Cuando las abejas pican a un animal, mueren. Renuncian a sus vidas para salvar a sus hermanas. Buena parte de nuestras relaciones familiares se explica por esta tendencia natural a favorecer a los individuos con los que se tiene parentesco, con los que se comparten los genes egoístas de los que hablan los sociobiólogos. Al fin y al cabo ayudar a quienes tienen nuestros mismos genes es ayudarse a sí mismo.

Pero lo más sorprendente es la ayuda que se proporciona a individuos con los que no hay consanguinidad o, incluso, son desconocidos, como en el caso de Gregoria Ruiz, la mujer alicantina de 60 años que decidió donar su riñón al receptor murciano. A este comportamiento se le denomina altruismo recíproco, y no es frecuente verlo en la naturaleza. En esto, como en tantas otras cosas, somos unos bichos raros; no hay ninguna otra especie en la que el intercambio de favores entre no parientes se dé tan a menudo. La complejidad social que se deriva de nuestro ancestral sistema de vida en grupo ha favorecido la aparición del altruismo recíproco. Éste es el cemento que mantiene unida la compleja red de relaciones sociales en la que vivimos desde los orígenes de la hominización. Mantenemos la cohesión social gracias a las emociones y los sentimientos morales que se derivan del comportamiento altruista.

Como decía Adam Smith, hay en nosotros una especie de instintos éticos que nos guían y nos hacen actuar dirigidos no sólo por el propio interés racional, sino también por emociones tan humanas como la compasión. Es probable que estos instintos sean el producto de nuestros genes egoístas. No importa; es una suerte pertenecer a una especie con algunos hombres buenos, aunque lo olviden los titulares de los periódicos, cuyo comportamiento es dirigido por los versos de Jhon Donne: "La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti".

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