La ciudad y los días

carlos / colón

La hora del querer callado

SERÁN cosas de la edad, tal vez agravadas por los superávits (de muñecos, chimpunes, amaneramientos, vulgaridades) y los déficits (de emoción y devoción) que están convirtiendo una parte considerable de nuestra Semana Santa en un carnaval cursi o cutre... Pero cada vez disfruto más de las procesiones que van por dentro, recorriendo las calles de la memoria. Hasta lo más hermoso, auténtico o emocionante que sobrevive en la Semana Santa me lo parece aún más cuando en estos días de luz plena y estas breves noches cálidas paseo por donde las huellas de la ausencia evocan el esplendor de una presencia; o cuando entro en una iglesia en quieta penumbra solitaria.

Todo el eternamente joven Martes Santo está en el azulejo del Señor de la Salud de la Candelaria, rompimiento de luz en la barreduela tras la acogedora sombra de esa calle San José por la que todos los días del año se cimbrean los altos candelabros de San Bernardo. Toda la blanca alegría del Domingo de Ramos está presa del azulejo de San Juan de la Palma, inmóviles los faroles en el quieto aire ardiente. Nunca se apaga del todo el fulgor macareno de la mañana del Viernes Santo en calle Feria, porque nunca está más presente la Esperanza -hecha para ser soñada- que cuando su ausencia la convoca; y parece oírse el final de Pasa la Macarena cuando remontamos esta calle milagrosa a la que las poco más de tres horas que está en ella la Macarena le bastan para llenarse todo el año de Esperanza.

Estas noches suaves, contemplando el azulejo del Señor mientras da la una en el reloj de San Lorenzo, parece oírse el ruido severo del cerrojo que se descorre y de las puertas que se abren como si fueran las compuertas de la esclusa que libera el Gran Poder de Dios para que anegue Sevilla de ternura. En las primeras horas de las tardes vacías de los fines de semana la calle Francos es el surco abierto año tras año, noche de Domingo de Ramos tras noche de Domingo de Ramos, por los poderosos brazos abiertos del Cristo del Amor. Al caer la tarde la Soledad de San Lorenzo es una monja capuchina o carmelita, las de su barrio, tras la reja del locutorio. Nunca es más madrugada de lirios, saetillas y caoba que estos días en los que Jesús Nazareno y el Calvario, con esa mansa altivez tan propia de Ocampo, reinan en sus altares como si estuvieran sobre sus pasos serenando la fiera Madrugada. Es la hora del querer callado.

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