Crónica personal

Alejandro V. García

60 horas

ENREDADOS como estamos en contar las piezas de tomate que agonizan en los expositores de las fruterías y las merluzas que aún disfrutan, ajenas al desabastecimiento, del sueño transitorio de los congelados (¡como Walt Disney!), no hemos prestado la atención debida a la directiva aprobada el lunes por los ministros de Trabajo de la Unión Europea que retrotrae a los trabajadores a los tiempos de Oliver Twist. La directiva fúnebre, como la han llamado los sindicatos, ha ampliado el horario de trabajo de las 48 horas semanales actuales a sesenta. De nada sirve que los ministros que han prestado su voto a semejante retroceso social insistan en que la norma sólo permite pero no impone un horario tan dilatado y que serán los trabajadores, de acuerdo con sus patronos, los que fijarán en cada caso la duración de la jornada. En unas circunstancias tan resbaladizas como las actuales, con un desempleo creciente, la recomendación de los ministros de Trabajo es una sugerencia peligrosa. Poco podrá negociar el desempleado al que ofrezcan un trabajo de 13 horas diarias en alguno de los países que aprovechen la recomendación.

La directiva, que será sometida ahora al Parlamento Europeo, parece una invitación para que la derecha europea recree algunas de las novelas más características de Dickens ambientadas en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX, con jornadas laborales indefinidas, explotación, marginalidad y huérfanos (a la apología del huérfano como obra de mano barata aún no hemos llegado). El otro día leí un comentario en Le Monde que resaltaba las alarmantes concomitancias políticas de Berlusconi y Sarkozy. Esta es una de ellas.

Es tremendo que la Europa del siglo XXI haya emprendido la derogación de consecuciones como las 48 horas de jornada laboral, fijada hace casi un siglo (en 1917) tras revueltas épicas como la de Chicago de 1886. Sólo por un respeto a la historia común deberían de haberse abstenido. ¿Hacia dónde vamos, qué nos espera? ¿Habrá que resucitar a los socialistas utópicos, reescribir El capital?

Es curioso. A estas alturas de la crisis las únicas voces que se han elevado exigiendo cambios económicos son los empresarios del ladrillo (los que más han ganado). Y los únicos que han salido a la calle por los altos precios del gasóleo son los empresarios (pequeños, grandes) del transporte, de la pesca y la agricultura. Pronto, dicen, lo harán otros patronos, quizá los del taxi. Mientras, a los trabajadores comunes nos queda la tarea de contar los tomates huérfanos, administrar las merluzas congeladas, mimar la mensualidad de la hipoteca y hacer largas colas para pagar con una rara alegría el gasóleo más caro del mundo.

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