La ciudad y los días

carlos / colón

El horror está en nosotros

LA recién estrenada y magnífica Spotlight narra la investigación del Boston Globe que destapó los abundantes casos de abusos de menores perpetrados por sacerdotes de dicha diócesis. Fueron ocultados durante años por la autoridad eclesiástica, lo que forzó la dimisión del cardenal Law. La denuncia dañó a la Iglesia, pero sobre todo ayudó a sanarla. De forma traumática y provocando el escándalo y la desafección de muchos fieles. Pero era necesario meter el bisturí y amputar para evitar que ese mal siguiera creciendo bajo el silencio.

Aquello de que los trapos sucios se lavan en casa es una coartada que garantiza la impunidad de los culpables y extiende el mal. Una práctica generalizada en todas las estructuras humanas, aunque repugne más en la Iglesia por los valores que ésta representa. Piénsese que, de los muchos escándalos de corrupción que han convulsionado la vida pública española hasta conducirnos a la situación que padecemos ahora, ninguno ha sido denunciado por los partidos afectados. Todos los han encubierto, primero; negado, después; y admitido sólo cuando no les quedaba otra.

Al igual que el encubrimiento de la podredumbre interna es lo común en todas las estructuras de poder, la pederastia no es un mal que afecte sólo a la Iglesia como resultado del celibato mal asumido. No estoy poniendo el ventilador para exculpar a la Iglesia. Un tema tan doloroso exige el mayor rigor. De lo que se trata es de no cargar sobre una única institución un mal propio de la crueldad humana.

La pederastia, como por desgracia los hechos demuestran cada día, afecta a célibes y a casados, a quienes se abstienen y a quienes tienen una vida sexual. Nos sacuden las noticias de las redes de pederastas, nos horroriza el reciente caso del tipo que abusó de una niña de 17 meses y después la mató, y nos sobrecogen las noticias de los abusos de menores perpetrados por soldados destinados en misiones humanitarias. Y el encubrimiento también funciona aquí.

El portavoz de la Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha reconocido que impera una gran impunidad: "Conforme más casos aparecen, implicando a más contingentes nacionales, está claro que todas las fuerzas militares extranjeras, sean de la ONU o no, deben tomar acciones más efectivas para prevenir mayores abusos... Y eso no sólo en República Centroafricana". Esto no exculpa a la Iglesia. Pero indica que el horror está en nosotros.

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