cuchillo sin filo

Francisco Correal

La hoz y el lebrillo

FRANCO no movió un dedo por salvar la vida de Anselmo Polanco, obispo de Teruel en 1936. Le habría bastado con liberar a un chaval de catorce años, hijo del general Rojo, uno de los estrategas del Ejército republicano. La propuesta de permuta la hizo por razones sobradamente humanitarias Indalecio Prieto, pero el llamado caudillo, tal vez ensoberbecido por el triunfo en la batalla del Ebro, consideró que aceptarla era un gesto de entreguismo o innecesaria clemencia. Juan Negrín, presidente de la República en desbandada, pidió garantías para los prisioneros que estaban en poder de los republicanos, pero no pudo impedir que unos milicianos, con engaño y alevosía, trasladaran a un grupo de cautivos, entre ellos monseñor Polanco, para fusilarlos.

El episodio lo cuenta Paul Preston en su obra El holocausto español. El hispanista parte de la premisa de que la represión de los rebeldes fue planificada y desde arriba y la de los republicanos, sin embargo, fue caótica y desde abajo. Dos prismas del horror que se cruzaron para hacer válida la afirmación del evangelista San Marcos: "Un reino en guerra civil no puede subsistir". El clero fue uno de los colectivos más castigados en el conflicto. Preston acude continuamente a la obra Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, de la que es autor Antonio Montero, obispo emérito de Badajoz.

Hago este largo preámbulo para contextualizar la alianza entre la cruz y la espada. Si hubo cruzada, que nadie lo duda, fue posterior a esa escabechina. Me lo comentó hace poco el editor y poeta Abelardo Linares, que no es nada sospechoso de clericalismo. El otro día vi la película de Benito Zambrano La voz dormida, basada en la novela homónima de Dulce Chacón. María León es una Ingrid Bergman andaluza: es el gran mérito del cineasta en una película a la que le sobran tópicos y arquetipos. El de Lebrija, de formación cubana, ha inventado el comunismo quinteriano, mete en la coctelera a Eisenstein y La Casa de los Martínez en plan Bernarda Alba. Caricaturiza hasta el fastidio a los representantes de la Iglesia. ¿Cómo negar la evidencia de que hubo monjas y curas así? Zambrano lo lleva al extremo de la ridiculez. Lo que en Solas eran personajes, en La voz dormida es estrambote. Hace un cine totalitario que condiciona ladinamente las emociones.

La Iglesia pagó con creces su connivencia. Un pago en vidas sacrificadas y en una imagen de la que todavía no ha conseguido desprenderse. En eso fue tan humana como el resto de utopías. Nadie es perfecto. El hombre que entró en una iglesia de Madrid y mató a una embarazada que oía misa era socio de Greenpeace, jugaba al pádel y vivía en la calle Dulce Chacón.

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