Tribuna Económica

gumersindo Ruiz

d ía de la economía andaluza

LA Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de Málaga es feliz celebrando su 50 aniversario. Los eventos que tienen lugar este año no son excepcionales, pues la facultad vive habitualmente una intensa actividad. A veces, este dinamismo hace olvidar las incertidumbres que surgen de las restricciones económicas, siendo la más importante la no renovación del profesorado que se va, y la falta de un horizonte para el que permanece.

El Día de la Economía Andaluza ha sido una reunión interesante, con mesas de discusión sobre qué palancas pueden moverse para el crecimiento en Andalucía. Me referiré sólo a la mesa en que participé, y en la que fue enriquecedora la presencia de Gaspar Llanes, secretario general de Economía de la Junta de Andalucía. Dos ideas destaco de su intervención: una, que la economía andaluza crece con la española, pero que si en vez de mirar las tasas de crecimiento vemos valores absolutos: producto y renta disponible, o empleo, la economía española y la andaluza, en el mejor de los casos, se va a encontrar cinco, ocho o diez años atrás, según las variables, de cómo estaba antes de la crisis. La segunda idea es que las palancas más importantes para mover nuestra economía las tiene el gobierno central y la Unión Europea, como son: energía, inversiones, transferencia de tecnología, fiscalidad, e inclusión financiera.

Interpreto dos ideas del profesor Manuel Cardenete, de la Universidad andaluza de Loyola. Una, que la capacidad de competir reduciendo salarios ha pasado, pues la competencia hoy se entiende como capacidad para asimilar y utilizar tecnología. Otra, que en la selección de sectores productivos a vincular con una política de desarrollo, hay coincidencia, y se trata de ver cómo transformamos de verdad nuestras agriculturas, y vemos la rentabilidad de los turismos, más que aturdirnos con las grandes cifras. Esto encaja con mi intervención, en la que vinculé conocimiento, producción y bienestar, argumentando que hay sectores donde el conocimiento añade relativamente poco a la productividad, como el turismo o la construcción, frente a otros que pueden incorporarlo para dar valor añadido.

Quizás la intervención que más nos hizo pensar fue la de nuestro compañero, el profesor Joaquín Aurioles, calificando como fallidos a los estados que no son capaces de lograr con su fuerza dar respuesta a lo que los ciudadanos necesitan, a sus esperanzas de futuro. La idea de fallido, para él, no es sólo para países en situaciones desastrosas, sino incluso en un ámbito próximo a nosotros, en que los gobiernos fallan y no encuentran manera de transformar las instituciones y las relaciones económicas, para atemperar desigualdades y que se cree empleo con remuneraciones dignas.

El personal de administración y servicios, alumnos y profesores, que están o han pasado por nuestra facultad, deben sentir este pequeño orgullo de pertenencer a un centro donde tantas cosas positivas se han hecho. Qué responsabilidad política tan grande es impedir que lo creado con tantísimo esfuerzo e ilusiones, durante décadas, se deteriore y degrade por una errónea política económica, y una enfermiza aversión hacia lo público.

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