En tránsito

eduardo / jordá

N i ilusión ni esperanza

MIENTRAS tenía lugar el Debate sobre el estado de la Nación, en el que Rajoy proclamó el final de la pesadilla, y Pedro Sánchez le replicó que si decía eso era que no vivía en el mundo real, se hacía público que los grandes bancos de la City de Londres habían repartido 130.000 millones en bonus entre sus directivos y empleados desde que empezó la crisis. Repitamos la cifra: ¡130.000 millones! ¡Y justo en los mismos años en que una gran parte de la población europea, y sobre todo en el sur de Europa, había tenido que vivir una pesadilla de recortes sociales y pérdidas de empleo y angustias sin fin! Pues bien, éste sí que es el mundo real: el mundo de una realidad económica paralela en el que los directivos y sus compinches en las grandes corporaciones se están embolsando cantidades obscenas, al mismo tiempo que la mayoría de la población tiene que vivir una interminable pesadilla.

No me gusta el mesianismo populista que pretende arreglar en dos patadas unos asuntos infinitamente complejos, como el paro o los bajos salarios, pero hay muchos motivos para sentirse estafado cuando uno se entera de estas cosas. Y si ha surgido una masa protestona e histérica que pide lo imposible y amenaza con cargarse el edificio institucional que tenemos -que es aún imperfecto, pero también el mejor que hemos tenido en toda nuestra historia-, eso se debe a la desvergüenza de esos ejecutivos que siguen embolsándose sus bonus escandalosos mientras la gente normal teme por sus trabajos y ve que a su hijo le pagan 600 euros por un trabajo de doce horas al día. Y si esta clase de psicópatas sociales de los bonus -porque son psicópatas- sigue haciendo la misma vida sin preocuparse siquiera de disimular un poco, es que vamos directamente al abismo.

No sé si Mariano Rajoy es consciente de estas cosas, aunque todo parece indicar que no. Desde que llegó al poder ha sido incapaz de enviar un solo mensaje que consiguiera trasmitir un tímido atisbo de esperanza o de ilusión. Jamás se ha dirigido a la nación explicando con pelos y señales por qué había tenido que tomar las drásticas medidas económicas que tomó. Y nunca se ha preocupado de aplicar los recortes en el gasto público de la forma más equitativa posible. Ni ha reformado la Administración ni ha pedido un sacrificio más duro a quienes más dinero habían ganado en la época de las vacas gordas. Y ahora, cuando nos dice que la pesadilla ha terminado, dudo mucho que pueda convencer a alguien de que eso es verdad.

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