LAS campañas electorales vasca y gallega están pasando perfectamente desapercibidas en el resto de España. No interesan. Ni siquiera a los que siguen atentamente la política nacional, que de por sí no son tantos como se cree. Andan pendientes de la trama de corrupción del PP -o en el PP, ya se verá-, la huelga de los jueces y el cada vez más controvertido hecho cinegético del ministro Bermejo.

Los mismos líderes que disputan en el País Vasco y Galicia hacen lo posible por no dejarse notar. El lehendakari Ibarretxe, por ejemplo, mantiene aparcada la murga del soberanismo y el derecho a decidir, y trata de vender su gestión, lo bien que va la sanidad vasca y cómo su Gobierno aminora las consecuencias de la crisis. Patxi López, por su parte, parece que quiere ganar, pero el PSOE federal preferiría no cabrear tanto al PNV como para que nunca más acuda en ayuda de Zapatero en el Congreso de los Diputados. En Galicia es como si los candidatos hubieran asumido que se repetirá el resultado de hace cuatro años: mayoría del PP, pero insuficiente para impedir la reedición del Gobierno PSOE-Bloque. Hay como resignación por las tres partes.

Creo, de todos modos, que lo que se está produciendo con las elecciones gallegas y vascas tiene una raíz más profunda. Se llama crisis. La percepción -que no es de oídas ni de leídas, sino vivida en carne propia o en carne próxima- de que atravesamos una crisis económica grave, desconcertante y seguramente duradera ha revelado una verdad que muchos sospechaban: que los parlamentos y gobiernos autonómicos sirven de poco para asegurar lo fundamental; a saber: el puesto de trabajo, el salario, la vivienda y el crédito. ¡Si apenas sirven los parlamentos y gobiernos nacionales! Los gobernantes de autonomías viven rodeados de una parafernalia y un oropel de jefes de Estado, pero de poder real y efectivo andan más bien cortitos. Lo que preocupa hoy a vascos y gallegos, y a todos los demás, se sitúa fuera del alcance de los que ahora compiten en las urnas. Ésta es la razón.

Incluso en situaciones más o menos normales, sin elecciones a la vista, los ciudadanos de comunidades autónomas de elevada autoestima tampoco denotan algo muy distinto a la indiferencia y el desentendimiento. Se vio en el referéndum de ratificación del Estatuto de Autonomía de Cataluña, que tanto dio que hablar pero que votaron cuatro gatos. Se ve en la Cataluña de hoy, donde una encuesta del Centro de Estudios de Opinión, que trabaja para la Generalitat, revela que más de la mitad de los catalanes ignora qué partidos forman parte del Gobierno de su autotitulada nación. Tres millones ochocientos mil catalanes no saben qué partido les manda. Pensarán que con la que está cayendo a quién le importa.

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