Hablemos de educación

Javier Ros Pardo / Javierros@ Auna.com

Contra la incompetencia lectora, bibliotecas escolares

LOS suspensos que Andalucía y España reciben del Informe PISA son la suma de muchos pecados que pueden resumirse en uno: en treinta años, ningún Gobierno democrático español asumió la cuestión educativa como un proyecto prioritario de Estado.

Basta de excusas y acusaciones cruzadas: ni tirios ni troyanos lo hicieron bien. Ahora los datos corroboran lo que veíamos desde las aulas. Las calificaciones que hemos recibido de forma detallada obedecen a múltiples causas que hay que analizar por separado:

La calabaza más bochornosa: los alumnos andaluces de 15 años son los que menos leen y tienen peor competencia lectora de Europa. Según los expertos exculpantes al servicio de la clase política, "la culpa la tiene la sociedad". Eso es falso, porque se veía venir y se pudo evitar.

El plan LYB (Lectura y Bibliotecas) iniciado ahora por la Junta es un parche chapucero incapaz de resolver el problema: los enemigos que tiene la lectura actualmente son de tal calibre que para tener éxito se necesitan alternativas de su misma talla.

No hace mucho intentamos sacar a la luz la situación de desidia que sufren las bibliotecas escolares andaluzas, ese imprescindible recurso educativo que en nuestros colegios e institutos son unas silenciosas y polvorientas arpas becquerianas, recibe un general suspenso "cum laude". Exceptuando, claro está, unos pocos centros donde existe un heroico voluntariado que las salva del olvido y los ratones. Mientras en Francia o Alemania desde hace más de treinta años en todos los centros escolares hay un bibliotecario con unas funciones muy claras, aquí esa figura no existe porque ello supone una persona más en nómina por centro que cuesta dinero.

La labor que hacen los bibliotecarios escolares europeos con dedicación exclusiva aquí es labor de un solo profesor responsable en dos horas semanales. Aquel voluntariado que salvó del marasmo a la Educación Nacional en tiempos de la Transición ya casi no existe, y no se pueden seguir haciendo planes como si existiese todavía. Faltan soluciones de Estado. La sociedad de la información se diversifica, pero el libro no va a desaparecer: expertos y no aficionados como Umberto Eco o Alvin Toffler, insisten en que internet no anulará el libro, sino que convivirá con él.

La diversidad que trajeron las nuevas tecnologías ha pillado a todo el mundo desprevenido. Los estímulos que hay en casa para apartar a los niños de la lectura ahora se han multiplicado por mil, mientras que esa universal necesidad básica llamada saber leer y escribir correctamente sigue ahí igual de necesaria que siempre. Hoy se redacta peor que nunca y cada vez con más faltas de ortografía.

A la vista de lo que hay, habrá que responder con buenas bibliotecas escolares, nuevas técnicas y estrategias de animación lectora, y nuevos y mayores recursos para corregir la situación. Nuestros niños no son más tontos que los están a la cabeza en competencia lectora. ¿O es que los de Corea o Finlandia viven en una burbuja aparte?

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