Sueños esféricos

Juan Antonio Solís

Lo que incubamos

INCUBAMOS un justificado pavor por las amenazas de los asesinos en esta Eurocopa, los gobiernos se organizan para que su seguridad forme en tortuga, como las legiones romanas en la Galia, ante ese enemigo de Oriente Próximo que promete dolor infinito. Causa temblor pensar en mochilas o kalashnikov. No digamos un ataque químico. Y resulta que es una química más básica, la del alcohol, la que por ahora, y esperemos que no pase de ahí, hace sangrar narices.

Tan fijo está el foco en lo que pueda llegar del valle del Eufrates, que la Europa opulenta ha descuidado lo selecto que pulula en sus calles infectadas e infestadas de lumpen.

Estas criaturas no claman por una masacre en nombre de nadie, pero una vez desatada la mala sangre que les fluye por el cuerpo, con una simple barra metálica pueden llegar al mismo fin que los terroristas: la muerte. Un súbdito inglés está cerca de teñir de luto la Eurocopa después de que varios rusos le machacaran la cabeza.

Inexplicable que esos hooligans hormiguearan por Marsella durante tres días, con toda la cerveza a su disposición, sin que hubiera una reacción por parte de las autoridades. Inexplicable que las bebidas, además, no les sean servidas en vasos de plástico y que se aprovisionen de botellas de cristal para sus desmanes. Inexplicable que se mezclaran las hordas inglesas con las rusas, que no hubiera cordones policiales para evitarlo.

Ya en el Velodrome, no vimos en directo lo que pasó porque UEFA no airea la violencia. ¿Por no promocionarlos o por no quedar en evidencia? Viendo esas imágenes recordé La cinta blanca, el estremecedor film de Haneke que capta el odio y la violencia incubados hasta degenerar en el nazismo. Bacterias similares están ahí, en las calles de Londres, Moscú o la propia Marsella. No son tan letales como las que amenazan desde Oriente, pero conviene erradicarlas. Incubamos miedo al virus letal y descuidamos esas otras bacterias que se incuban, las autóctonas.

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