La tribuna económica

Joaquín / Aurioles

La independencia de las instituciones

LA rebaja de tipos en EEUU se ha visto empañada por el fraude de Bernard Madoff. La institución monetaria ha gastado uno de sus últimos cartuchos en la recámara de su política monetaria, justo en el momento en que el nuevo escándalo descargaba un nuevo golpe sobre la credibilidad de las instituciones en EEUU y de la Reserva Federal en particular. De inmediato han vuelto a surgir las demandas de mayor regulación, similares a las del pasado 15 de noviembre. Como entonces, se sigue culpando al mercado del fallo sistémico, aunque realmente sólo cabría reprocharle su inmisericorde tratamiento de delincuentes, imprudentes e incautos que se han dejado seducir por ambos. La pelota ha cambiado de tejado y ahora se demanda menos mercado y más medidas profilácticas para reducir el riesgo de contagio, aunque es muy probable que el verdadero reto se reduzca a restaurar la confianza en las instituciones. No es un asunto fácil, porque la receta comienza llevando prestigio e independencia a las instituciones, cosa siempre difícil de conciliar con los nombramientos pactados entre los partidos políticos. Difícilmente se podía encontrar a alguien más ajustado al perfil (prestigio profesional y personal e independencia) que Julio Segura al frente de la CNMV, sobre todo, después de la polémica salida de su antecesor, a pesar de lo cual no se pudo evitar del todo que la campaña electoral empañase en algún momento el nombramiento. Afortunadamente la institución ha conseguido restaurar su prestigio y disfruta de una posición mucho más acreditada que la Comisión Nacional de la Energía e incluso que la de las Comunicaciones, tras el lamentable episodio de contaminación política derivado de su traslado a Barcelona, así como de otras en las que el perfil político de los nombramientos no sólo no inspiran confianza, sino que animan a solicitar el reforzamiento de la regulación.

También la independencia y el prestigio profesional son requisitos imprescindibles para la credibilidad de los bancos centrales y para que la política monetaria resulte previsible. De esta manera se consigue que los agentes económicos puedan anticiparse a las consecuencias de las medidas, evitando posibles perjuicios y provocando la adaptación de sus comportamientos en la dirección que la autoridad monetaria considera conveniente en cada momento. El tema es tan importante que hay quien sostiene que la efervescencia intervencionista para evitar el colapso del sistema financiero internacional durante el pasado mes de septiembre es lo que ha permitido evitar las colas en las ventanillas de algunas instituciones. El problema es que la iniciativa no partió de los bancos centrales, que sencillamente fueron ignorados por los gobiernos, aunque a la vista del complaciente comentario del señor Trichet en agosto sobre el buen estado de salud de la economía resultaba un claro exponente de que la institución andaba bastante despistada y de que, si se quiere recuperar la utilidad de la política monetaria, tiene ante sí una ardua tarea de restauración de la confianza del público.

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