Tribuna Económica

Joaquín Aurioles

L a inflación, un fenómeno monetario

EL dato de inflación del mes de abril, 0,9% que eleva el interanual al 0,4%, se interpreta como como un motivo para la relajación acerca de la amenaza de deflación, aunque sólo momentánea. Si se eliminan los componentes más volátiles del índice, la inflación subyacente interanual todavía se reduce una décima más y el acumulado desde enero se mantiene negativo, a pesar del repunte en el precio de vestido y calzado, ocio, hostelería y transporte. Por otra parte, nuestra inflación también es más baja que en otros países de referencia de nuestros entorno, sobre todo Alemania, pero también Francia, a pesar de lo cual no se esperan cambios en la voluntad anticipada por el BCE de intensificar los estímulos monetarios tras la reunión de su Comité Ejecutivo del próximo mes de junio.

La discrepancia en el diagnóstico sobre la gravedad del problema oscila entre dos extremos. En uno se sostiene que si la deflación tiene su origen en el descenso de los costes laborales y el aumento de la productividad, no debe considerarse un problema, sino la consecuencia lógica del ajuste en los costes empresariales. En el otro, los defensores de la ortodoxia monetaria. "La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario", sostenía Milton Friedman sugiriendo que si la inflación es un problema, el culpable siempre es el responsable de la política monetaria. Los monetaristas se apoyan en este postulado para rechazar la utilización de la política monetaria para estimular el crecimiento y el empleo, argumentando que con el paso del tiempo sus efectos reales desaparecen, quedando tan sólo precios más elevados y perjuicios a largo plazo que superan a las ganancias conseguidas en el corto.

Pocos economistas cuestionan la naturaleza monetaria de la inflación (y la deflación), pero son muchos los que discrepan del postulado monetarista. Que detrás de cualquier proceso inflacionario siempre exista un crecimiento monetario imprudente, no significa que también sea cierto lo contrario, es decir, que cualquier episodio de expansión monetaria intensa desemboque necesariamente en inflación. La reciente experiencia norteamericana y el cambio de orientación en la política monetaria del BCE, tras la llegada de Draghi, parecen empeñadas en demostrar que en los canales de transmisión de los impulsos monetarios a la economía real aparecen fisuras y que, cuando esto ocurre, se difuminan considerablemente sus consecuencias inflacionarias. La lógica lleva a pensar que la probabilidad de fuga de impulsos aumenta con el grado de apertura de la economía y la actividad en los mercados de capitales, pero también con el endeudamiento frente al exterior y que la banca y el tipo de cambio pueden ser cómplices imprescindibles en el proceso. La banca sería la responsable de mantener el dinero de los impulsos monetarios en los mercados de capitales y deuda y de impedir su llegada al mercado del crédito y a la economía real, eliminando la tensión sobre los precios. La contribución de un euro sobrevaluado, al menos en lo que tiene que ver con la economía española, a la deflación estaría relacionado con el freno a la inflación importada.

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