La crónica económica

Joaquín / Aurioles

El informe económico del presidente

HASTA el mes de febrero, el origen de todos los males estaba en las hipotecas basura norteamericanas, que dieron lugar a las turbulencias financieras que terminaron por contaminar al resto del mundo. Aquí estábamos a salvo. Acorazados frente a un contagio que amenazaba a las economías con capacidad de ahorro, íbamos a seguir creciendo mucho más que el resto, se iba a seguir creando empleo y la inflación quedaría controlada antes de finalizar la primavera. Cuando los más optimistas se convencieron que había crisis para rato y que la excusa de las subprime no podía estirarse indefinidamente, apareció la oportunidad de echar las culpas al petróleo, cuyo precio acababa de superar la barrera psicológica de los 100 dólares el barril, cuando a comienzos de 2005 era de tan sólo 30. Habían transcurrido sólo unos meses desde que tras el verano de 2007 se pusiera de manifiesto la incapacidad de la OPEP para garantizar el suministro en unos mercados que dejaban ver graves amenazas de desabastecimiento. Únicamente Arabia Saudí fue capaz de aumentar su producción en 500.000 barriles diarios y hacer parcialmente frente al compromiso de atender el crecimiento de la demanda en los mercados, pero sin conseguir despejar las dudas sobre el funcionamiento de un mercado afectado por la inestabilidad geopolítica y que reclamaba mayores esfuerzos de inversión.

El precio del barril ha superado los 140 dólares cuando en Madrid se celebra el Congreso Mundial del Petróleo con el fin de ponerse de acuerdo sobre como gobernar un mercado tan complejo y estratégico. Las coincidencias son escasas y prácticamente se limitan a aceptar que el gap entre la oferta y la demanda tiende a ampliarse gracias, entre otras cosas, al comportamiento de los especuladores e intermediarios. Esta ha sido la postura oficial del Gobierno español, secundada por la propia OPEP que atribuye el 60% del incremento de los precios durante el último año a la actitud de las petroleras y los especuladores, que no paran de acumular inventarios (se estima que cerca de un millón de barriles diarios) y de alimentar el alza de los precios. Además están el dólar, cuya caída en picado se convierte en un nuevo factor de presión sobre el precio que pretenden aplicar los productores, y los chinos y los hindúes, a los que no se les puede criticar por conseguir tan elevadas tasas de crecimiento, pero a los que se les pide un mayor esfuerzo para frenar el despilfarro de recursos que provoca su reducido nivel de eficiencia energética.

Todo confluye en el anacrónico funcionamiento de un mercado en el que abundan prácticas que serían declaradas ilegales en cualquier economía moderna, como el acuerdo entre productores para la fijación de precios, pero al que hay que reconocer dos consecuencias. Una, que durante décadas ha sido capaz de abastecer sin contratiempos a una demanda creciente, manteniendo precios reducidos. Otra que, al margen de los vaivenes del mercado, tanto los flujos de renta hacia los países productores, como los beneficios de las grandes compañías, no han dejado de crecer durante todo este tiempo.

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