La tribuna

nacho Asenjo

El inquietante sol de Túnez

ACABO de pasar unos días en Túnez con mi mujer y mi hija, huyendo del cielo bajo y gris de Bruselas. Antes de partir, habíamos seguido por la prensa el paulatino deterioro de la situación del país en octubre: el Gobierno decidió dimitir y hubo varios enfrentamientos entre la Policía y presuntos terroristas en el centro del país. Sabíamos además que en los últimos meses varias figuras prominentes de la izquierda habían sido asesinadas. Finalmente, el complejo turístico al que íbamos se encontraba en el sur del país, cerca de las fronteras con Libia y Argelia, una zona más expuesta a las intromisiones de grupos violentos. Pensamos en cancelar la reserva, pero no lo hicimos.

Una vez allí, por la mañana, nos gustaba salir a caminar al borde del agua cristalina, pasando frente a un rosario de complejos turísticos bajo un sol espléndido. No podíamos evitar que nos inquietaran esos hombres sentados en las dunas, silenciosos y serios, aquel coche aparcado frente al mar en el que se movían dos sombras o ese chico vestido con un extraño chaleco, impropio de las altas temperaturas, escudriñando la playa desde una caseta en ruinas. Esa inquietud es lo que busca el terrorismo. El miedo que nos corroe cuando visitamos un país musulmán es la marca del éxito de Al Qaeda, doce años después de la caída de las Torres Gemelas, por mucho que los americanos hayan cazado a Ben Laden y que esa organización no haya conseguido la inmensa mayoría de sus objetivos. El terrorismo busca generar terror y vaya si lo han conseguido.

Esa inquietud nos influye mucho a la hora de decidirnos a viajar a esos países que, sin embargo, necesitan los ingresos del turismo como agua de mayo. La inestabilidad económica que esa inquietud ayuda a generar podría ser una de las principales razones por las que ese complejo e histórico proceso que llamamos primavera árabe acabe resultando en un regreso a regímenes autoritarios cuya destrucción buscaba en primer lugar. El país en el que ese resultado sería el más injusto es sin duda Túnez. Allí nació la primavera árabe en diciembre de 2010, cuando un vendedor de frutas llamado Mohamed Bouazizi se prendió fuego en signo de protesta; el dictador Ben Ali fue el primero en caer y, en lugar de la violencia que se propaga por otros países de la zona, el proceso tunecino está siendo básicamente democrático, otorgando un papel central a figuras salidas de la sociedad civil y respetadas por todos.

Túnez cuenta con una tradición laica y una clase media formada e influyente y ha dado la victoria en las únicas elecciones celebradas hasta ahora a Ennahda (renacimiento), un partido islamista moderado que gobierna en coalición con formaciones de izquierdas. Si bien sus raíces se remontan al movimiento de los hermanos musulmanes, Ennahda es una formación mucho menos radical que sus equivalentes egipcio o palestino y se declara a favor de la igualdad entre sexos y del derecho a la educación de las mujeres. Eso no quiere decir que no sea un partido escandalosamente conservador para estándares occidentales, pero la mayoría de la sociedad tunecina es muy religiosa y Ennahda disfruta del prestigio que confiere décadas de lucha contra el régimen de Ben Ali, mientras que muchas figuras de los movimientos laicos y progresistas optaron por acomodarse al régimen o por el exilio, en lugar de resignarse a la clandestinidad.

Además, hay que considerar las alternativas: prosperan en el país movimientos islamistas radicales, pertenecientes a la corriente salafista, financiados por los petrodólares de Arabia Saudí (sí, ese país en el que las mujeres no pueden conducir), que defienden la restauración del Califato, es decir, el imperio de la ley islámica, y entre los que se encuentran yihadistas puros y duros, o sea gente que cree que hay que tomar las armas para llegar a ese fin. Por el momento, la guerra en Siria, adonde parten en busca de la muerte, absorbe buena parte de sus fuerzas. En un principio, Ennahda se empeñó en tender la mano a los salafistas, pero los incidentes contra la Embajada americana hace ahora un año le convencieron de que los movimientos que fomentan la violencia debían ser reprimidos.

Escribo estas líneas ya de vuelta a casa. En los últimos días de nuestra estancia, un hombre quiso entrar en un hotel lleno de extranjeros, a 400 kilómetros al norte de donde nos encontrábamos. Cuando se le impidió la entrada, hizo explotar la carga que llevaba a la orilla del mar, siendo él la única víctima de aquel atentado fallido e inédito en el país. Si Túnez no consigue retomar el camino de la estabilidad y la prosperidad, se deslizará hacia el caos y el islamismo moderado habrá perdido una oportunidad histórica.

Habrá triunfado el miedo.

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