La ciudad y los días

carlos / colón

El instante eterno

SI me remitiera a nombres que el tiempo ha convertido en referentes podría decir que Salazar y Bajuelo son más de la escuela de Arenas que de la de Serrano. Arenas ignoraba el tiempo. Sus fotos de Semana Santa están datadas por las fisonomías, los paisajes urbanos y los propios pasos. Pero el uso magistral de la luz y la minuciosa búsqueda de la eternidad en el instante las sustrae del tiempo. Por eso cuando nació este periódico unimos sus fotografías a las prosas de Joaquín Romero Murube en el coleccionable de Cuaresma Palabra de luz (que aún pueden y deberían: es pedagogía de la mejor Semana Santa- comprar en nuestra sede de Rioja). Serrano, por el contrario, fue el fotógrafo del tiempo que pasa, del movimiento fugitivo, del instante que nace y se consume ante una cámara capaz de captar su fugaz dinamismo.

Nada más opuesto, tratando de lo mismo, que la fotografía de Arenas de la Cruz de Guía y el primer tramo de nazarenos de una cofradía de ruán caminando hacia la eternidad por una calle Laraña bañada por la larga luz poniente que alarga las sombras de los grandes adoquines y de los severos nazarenos, densificando el humo del incienso hasta convertirlo en una idealizadora veladura; y la fotografía de Serrano de la Cruz de Guía de la Macarena yendo desde Don Fadrique, tras salir de los callejones, hacia el Arco. Serrano, como Arenas, también se situó tras la Cruz de Guía, pero -cosa rara entonces- fotografió el instante fugaz de los nazarenos andando, del vuelo de las capas, del volverse hacia la cámara sin dejar de andar de dos hermanos con los antifaces levantados: el tiempo y el movimiento, la duración.

La serena y hermosa fotografía de Salazar y Bajuelo que este año sirve de portada a su revista Cuaresma, como tantas de las suyas, capta esa Semana Santa salvaguardada del tiempo que persiguió Arenas. Un suelo de adoquines y un tramo de calle no profanado. Dos nazarenos de ruán con la cola al brazo en los que, como escribió Montesinos, los siglos se ven hasta en la forma de sujetarse el antifaz al rostro. El cordón del que pende la llave del Sagrario por fuera del antifaz. Los ocho ciriales bajados y enfrentados formando una calle tras que asoman los incensarios que envuelven el palio de la Concepción en una bruma veneciana... ¿Qué año es? ¡Y qué más da! Es eso cada vez más raro de verse y de sentirse a lo que algunos llamamos la Semana Santa de Sevilla.

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