Luis / Carlos / Peris

De un intimismo multitudinario

Plaza del museo lEn un enclave atiborrado de cofradías resulta de consenso que la gente de la Puerta Real milite en las filas del Museo lLa muy tardía entrada de la cofradía, ya en la alta madrugada, es la causa de que el gentío que allí se agolpaba haya menguado

EL hecho de que el Cristo de la Expiración y la Virgen de las Aguas vuelvan tan tarde a casa quizá haya influido para que un enclave tan principal de nuestra Semana Santa haya perdido predicamento. Ahora bien, puede decirse sin temor a equivocarse que quien no ha visto el retorno a casa de esos dos monumentos de nuestra Semana Santa no sabe lo que es una entrada y cómo un espacio de considerables dimensiones puede entrañar un intimismo tan multitudinario.

La historia de la Plaza del Museo data de 1840 y como consecuencia directa de la desamortización de Mendizábal. El espacio ajardinado forma parte del Convento de la Merced y se traza bajo unos límites conformados por la calle Armas, hoy Alfonso XII, la actual Miguel de Carvajal antigua de los Narcisos y Rafael Calvo, que hubo un tiempo en que se llamó Pasos y Sacramento años después, además de Monsalves en el tramo que se llamaba Corral de la Parra. Y ya que estamos con los cambios registrados en el nomenclátor caigamos en que este lugar empezó llamándose Paseo de la Merced, después Alameda del Museo para rematar en el nombre actual a mediados del siglo pasado.

Con la desamortización de 1835, la iglesia del convento fue desalojada y en 1839 salió de ella la hermandad de Pasión, paso previo a la conversión del convento en Museo de Pinturas y Esculturas por orden expresa del comisario político de la ciudad, el escritor malagueño Serafín Estébanez Calderón. Paralelamente, la plaza ajardinada iba tomando cuerpo mediante los proyectos realizados por el arquitecto Balbino Marrón.

Plaza con fachada de corte clásico de tres cuerpos, trapezoidal y muy frondosa con palmeras, ficus, adelfas y naranjos más el protagonismo una estatua de Bartolomé Esteban Murillo que talló Sabino Medina. En un principio, la plaza contó con el mobiliario urbano de bustos y estatuas mitológicas que en 1862 se trasladaron a las Delicias.

La Plaza del Museo es evocada por Rafael Laffón como "oscura y desértica" en su libro Sevilla del buen recuerdo. José Andrés Vázquez resalta la plazoleta que sirve de antesala a la capilla actual como algo "fuera del tránsito general y cubierta por un musguillo esmeralda que asoma tímido por los intersticios del pavimento. Es una plazoleta que si no fuera por la vecindad de la casa que cobija los espíritus de Murillo, Zurbarán, Valdés Leal y otros pareceríanos una vulgar placita puebleña, sin otro encanto que el de su soledad".

También tiene presencia en el libro de Alfonso Grosso La buena muerte. Escribe Grosso: "Calle de San Vicente, plaza del Museo de Bellas Artes de Sevilla, Murillo en bronce y el coro de las niñas de las canciones de rueda". Retrato inequívoco de una España de posguerra que tan bien conoció Grosso.

La Plaza del Museo cuenta con una acera de bonitas casas solariegas, la acera de levante, y entre esas casas figura una que cuenta con una pinacoteca francamente extraordinaria, la de Mariano Bellver.

Hecho el retrato de la plaza centrémonos ahora en el significado que tiene este enclave con tanto encanto en nuestra Semana Santa. Su protagonismo adoba de forma trascendente la importancia que en el lunes cobra el barrio de San Vicente con las estaciones de penitencia de Las Penas, la Vera Cruz y el Museo. Por esta Plaza del Museo pasa las Penas en la ida por su cara norte para que media hora después la circunvale el nutrido cuerpo de nazarenos de Cristo expirante y María Santísima de las Aguas.

La salida es monumental, ese cantón independiente en el reino del azahar que es el Museo se convierte en una multitudinaria intimidad. ¿Es eso posible? Sí, pues se demuestra cada Lunes Santo en ese lugar, pero no se olvide que lo mejor está por llegar y llegará siete horas después, justamente cuando los gallos de la madrugada ya hayan cantado alguna que otra vez.

La Plaza del Museo son recuerdos de saetas de Pepe Valencia, de la duquesa de Osuna apostada en su balcón frente a la capilla, de Gitanillo de Triana llevando del brazo a Pastora Imperio con Alejandro Vega de banderillero de postín. Recuerdo de muchos hermanos del Museo con Paco Santos perenne como cancerbero de la capilla o el recientemente fallecido Juan Carlos Torres, recuerdo de la gente de la Puerta Real, toda del Museo sin admitir competencia alguna con las otras del barrio y recuerdo que pide llanto a gritos por un hombre todo entrega que echaba el resto cuando veía a su Virgen de las Aguas.

Éste será el primer Lunes Santo que la Virgen de las Aguas volverá a casa sin la compañía del trueno que era la saeta de Pepe Peregil. Reposan las cenizas de Pepe en el columbario de la hermandad y no cabe la menor duda de que cuando esta noche, al son de Aguas, venga la de las Aguas por Alfonso XII de vuelta a casa, el trueno de la saeta de Pepe Peregil va a echarse tanto de menos que mucho nos tememos que la noche se meta en lágrima viva cuando ni siquiera el azahar sea paliativo para la nostalgia. Plaza del Museo, Lunes Santo, Cristo expirando, Sevilla eterna...

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