Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Un 'iphone' a los Reyes Magos

EL otro día escuché en la radio el anuncio de unos cursos para el aprendizaje del inglés. Una ridícula voz de mujer pide como regalo de Reyes un iphone, pero lo pronuncia ipone; su interlocutor la corrige y pronuncia aifon para a renglón seguido recomendarle que se matricule cuanto antes en una academia en la que a bajo precio y en poco tiempo aprenderá a decir iphone como Dios manda. Los que diseñaron el anuncio olvidan que en España gracias a Raphael todos sabemos que ph se pronuncia efe, con lo que podrían haber elegido un vocablo más verosímil. Nadie dice ipone para referirse a uno de esos barbarismos creados por el idioma amorfo de las nuevas tecnologías, un swahili construido sobre desinencias artificiales. Iphone es más hijo del latín que del inglés: llamerle aifon es tan inconsistente como ese presentador de la televisión italiana que para anunciar que un conflicto sindical se prolongaba sine die dijo sandey. La anécdota se la he leído a Antonio Tabucci, firme defensor de la dignidad de las lenguas ibéricas y del portugués desde que una tarde en París escuchó un fado de Amalia Rodrigues.

El inglés es el idioma del imperio, evidentemente. Y el emperador y sus secuaces se alegrarán cada vez que otras lenguas igualmente hegemónicas pierdan terreno por razones espureas. Ya se sabe que España es junto a Japón el país con menos facilidad para asimilar lenguas foráneas. Los ingleses no le van a la zaga, pero a ellos no les hace falta, y además tienen la ventaja añadida de que hay comunidades autónomas en las que los planes de estudio priorizan el estudio del inglés sobre el español, pese a compartir éste la cooficialidad con la lengua vernácula. Es vomitiva esa transformación del idioma en herramienta política: así unos potencian la enseñanza del inglés para reducir la presencia de la lengua que asocian con el Estado opresor y centralista (pamplinas) y otros para cortocircuitar la enseñanza de Educación para la Ciudadanía. Las academias de Inglés se estarán frotando las manos por "aliadófilos" tan inanes y serviles.

Los españoles, como el negro de la canción de Nicolás Guillén, no sabemos inglés. Los ingleses saben inglés, lo cual disimula otras carencias. El otro día conocí a uno de ellos que era todo un paradigma. Me dijo que era de Oxford. Cuando le dije que allí había ambientado varias de sus novelas Javier Marías, le sonaba a chino, lo cual es normal. No lo es que no conociera a un ilustre profesor de esa Universidad, John H. Elliot. Al conde-duque de Olivares ni lo mencioné. Por ganar confianza, le dije que mi mujer nació el mismo día que Paul Gascoigne, el ídolo caído del fútbol inglés. No lo conocía. Pero sabe inglés y dirá aifon.

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