Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Soy islandés

ALLÁ donde los volcanes son capaces de bloquear el espacio aéreo de todo el globo sólo hay dos canales en abierto, como los que teníamos nosotros hace treinta años. Hasta este siglo la distracción televisiva del puñado de islandeses se limitaba a unas cuantas horas en el canal público RUV. En estos años los nórdicos más al norte, la tierra cubierta de hielo, escuchan castellano cuando hablan en Violetta, porque sus cadenas tienen programas infantiles, cultura sobre su país y una selección de series foráneas. Si quieren algo más en la pantalla se tienen que rascar el bolsillo para adquirir Stoo 2, el Canal + de allí, por unos 50 euros al mes. No serían el mejor exponente de felicidad colectiva, pero sí al menos de civilización y compromiso social con su entorno. Su recién elegido presidente es historiador y están haciendo historia en el fútbol. Ahora son muy felices. Han eliminado a Inglaterra, que es como si a nosotros nos hubiera eliminado Andorra. Si revisamos el encuentro ante Georgia, hubiera sido posible. Los del principado lo tenían a tiro porque estos frutos de Del Bosque no son capaces de hacerles un sorpasso ni a San Marino.

La primera vez que la selección visitó Islandia, en mayo del 83, sin ponerse el sol en toda la noche, Arconada cumplía su 50 partidos, superando a Iríbar. Como sólo se les marcó un gol se tuvo que abusar de Malta en Navidad. Fue de los primeros partidos en ser emitidos desde la remota isla y la unidad móvil, con una cámara, no disponía de repeticiones. Dos años después, en el Villamarín, dos béticos, Gordillo y Rincón, sacaban el pasaporte en México ante Islandia, que anunciaba en el chándal su icono: el bacalao, el que les llevó a la 'guerra' con los del Brexit. En el 91 nos ganaron y la Federación fichó a Clemente. En el 2007 un empate in extremis de Iniesta de mi vida salvó a Luis Aragonés y así no se torció la historia. Sólo nos hubiera faltado en Francia que los felices y voluntariosos islandeses nos hubieran abierto los ojos para despedir sin remordimientos al marqués de Sudáfrica.

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