El tránsito

Eduardo Jordá

Y una jarra de 'grog'

LA ideología política es una especie de enfermedad degenerativa de la mente. Comprendo que uno tenga una ideología más o menos definida en materias como la justicia social o la necesidad de proteger a los más débiles de los abusos de los poderosos, pero me resisto a creer que uno tenga que construir con estos sentimientos una armadura indestructible a base de prejuicios y de reflejos condicionados. Si la vida sirve de algo, es para atemperar la rudeza de la ideología con el humor y el escepticismo y el sentido común. No conozco a ninguna persona realmente inteligente que no sea capaz de aceptar un argumento que destruya los argumentos que hasta entonces había considerado válidos. Si alguien posee un cerebro, no puede convertirlo en un polvoriento almacén de dogmas intocables. La mente no es una cámara acorazada ni un panteón funerario. Es un lugar húmedo, boscoso, donde siempre impera la nubosidad variable, lleno de valles y colinas y caminos sinuosos que nunca se sabe adónde van a parar. Desconfiemos de esas mentes donde siempre hace un frío de perros o un calor espantoso. En el fondo, son insalubres e inhabitables. No hay inteligencia donde no hay ironía ni capacidad de comprensión.

El almirante Vernon, preocupado por el alto consumo de ron entre los marineros de la Armada británica, inventó una bebida llamada grog, a base de agua caliente, yema de huevo, azúcar, canela, limón, nuez moscada, brandy y ron. También se le podía añadir café o té, según las necesidades del consumidor, y hubo hasta quien le añadía kirsch y granadina y ralladuras de coco. Nunca he probado el grog (ni, Dios mediante, espero hacerlo nunca), pero me gusta la idea de que sea una bebida en la que se pueda mezclar cualquier cosa y en la que no sobre nada. Porque basta oír los rebuznos de algunos políticos para que uno, al instante, piense que nos hace falta mucho más grog, en vez de esos licores fuertes que destruyen el corazón, el hígado, la compostura y -a su debido tiempo- el cerebro.

¿Qué beben los estudiantes que el otro día intentaron agredir a Rosa Díez en la Universidad de Madrid? Es fácil de adivinar: puro botellón ideológico, puro vino de tetrabrick combinado con vodka y ron cubano (comprado en un supermercado atendido por una pareja de chinos). Hay gente que se lo tiene que pensar mucho antes de llamarlos fascistas, pero lo son, aunque militen en lo que se suele llamar la "izquierda radical". Son tan fascistas como muchos skins y muchos independentistas "radicales" (en España, desde hace treinta años, el adjetivo "radical" es el vergonzoso eufemismo con el que un país cobarde llama a los energúmenos). Y de momento, sería bueno que alguien les sirviera a esos chicos una jarra de grog.

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