La ciudad y los días

carlos / colón

Uno juega, todos pagan

NO se puede tener mejor trayectoria profesional, y más títulos académicos y reconocimientos, y decir una tontería más grande. Se trata del economista Stiglitz, profesor en Columbia, economista jefe del Banco Mundial y premio Nobel. En un artículo en el que pide el no en el próximo referéndum griego ha afirmado: "Un voto por el no abriría al menos la posibilidad de que Grecia, con su fuerte tradición democrática, pueda asir su destino en sus propias manos". ¿Asir su destino en un mundo más interdependiente que nunca y en una Europa que solo puede sobrevivir unida? ¿Fuerte tradición democrática? Grecia vivió bajo dominio turco desde el siglo XV hasta 1828 y después estuvo sacudida por guerras civiles (la última entre 1944 y 1950, cuando los comunistas quisieron tomar el poder) y dictaduras (la última entre 1967 y 1974). Se puede estar a favor de o del no, de la salida o permanencia de Grecia del euro. Lo que no se puede es recurrir a argumentos emocionales y mitificar el pasado falseando la historia.

Salvo que Stiglitz se refiera a la Atenas del siglo V antes de Cristo, nunca ha existido esa fuerte tradición democrática griega. Con respecto al drama griego se están revistiendo de objetividad discursos emocionales y apelando a pasados míticos, como si hubieran surgido por doquier émulos de Lord Byron. Grecia es tentadora como mito, como legado, como historia, como paisaje, como literatura, como esa música que fue y es, desde nuestra juventud, compañera de viaje de mi generación: canciones de Hadjidakis y Theodorakis en las voces de Melina Mercouri y María Farantouri. Grecia es uno de los países más queribles del mundo. Pero una cosa es la historia, otra el cariño, otra la admiración hacia una cultura y otra muy distinta la corrupción, la mentira y el chantaje.

Ojalá se imponga la razón, los griegos honrados lo tengan más fácil, los grandes y pequeños corruptos lo tengan más difícil y cesen los sufrimientos de los más desfavorecidos. Pero es casi seguro que no será así. La actitud de Tsipras lo está haciendo imposible. Su última jugada, la más sucia de sus muchas suciedades, ha consistido, no solo en envolverse en la bandera como suelen hacer los canallas, sino en utilizar al pueblo griego como carne de cañón al alto precio de empobrecerlo aún más y, lo que es peor, enfrentarlo con el tramposo referéndum. Una política de tierra quemada que sufrirán otros.

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