RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Un juego

DE Guardiola sabemos que ahora luce más sobrio, sin chalecos morados y finos corbatines que aparecen como un destello exacto y vertical, aunque aún sigue siendo partidario de un corte italiano de los trajes. Con Mourinho comprobamos que siempre viste igual, sin un alarde: pantalón y chaqueta, a menudo gris marengo y sin corbata. La camisa sin ningún detalle, porque para eso ya está Sergio Ramos, el mayor estilista del equipo. Mourinho lleva siempre el traje como si acabara de quitarse la corbata en mitad de una boda. Guardiola lleva la corbata con la misma apostura estilizada si tiene que correr la banda con los puños en alto que compareciendo en una rueda de prensa con olor a derrota. Ninguno de los dos se muestra partidario del chándal al estilo Del Bosque, aunque también ninguno de los dos lo desdeña, pero siempre con matices personales: en el caso de Pep, habitualmente cubierto por un chaquetón actual, bien mullido y brillante, y en el caso de Mou siempre con esa misma austeridad electiva.

Se puede analizar el juego de un equipo por la vestimenta de sus entrenadores, como vemos aquí. Mourinho, con esa impronta borde que juega en el amago permanente, que aparece y desaparece, deslizado también en el insulto medido y en la provocación, después sabe esquivar las reacciones adversas, las transforma y las vive como una parte más del juego desplegado sobre el césped. Mourinho muestra a veces una cierta elegancia pretoriana, tiene la distancia de quien pasa de su propio aspecto pero sin desaliño, pensando únicamente en la finalidad de la vestimenta, y también la estrategia. Así es como juega el Real Madrid: como un traje no vistoso, ni mucho menos deslumbrante, que al final siempre queda bien en cualquier ocasión. El juego de Guardiola, sin embargo, es un traje estiloso, es la plasticidad de la combinación más acertada, pero también arriesgada en una concepción que puede incluir cualquier jersey de pico anaranjado con un fular violeta. El juego del Barcelona es un fular violeta, y el juego del Madrid un pantalón vaquero bien planchado y sin rotos.

La gente habla del "clásico", como si no hubiera otro: Cervantes, por ejemplo, que sí lo es verdaderamente. Los periodistas deportivos, a los que se les acaban siempre velozmente los adjetivos -no en vano, muchos son futbolistas retirados- aluden a la "épica" cuando se les terminan los sustantivos, lo que también ocurre con frecuencia. Podemos continuar haciendo literatura con el fútbol, por más que el fútbol nunca haga literatura. Podemos hasta hacer sociología -de hecho, se hace siempre-, y también política, que es la desvirtuación de cualquier mirada deportiva. En España vivimos tal paliza mental, mediática, pelmaza, con el fútbol, que resulta imposible mirar hacia otro lado, o no mirar. Pero sólo es un juego. Quien lo probó lo sabe.

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