Por montera

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El juez Jackson

LA polvareda de arena punzante levantada por la balas disparadas contra la población de las guerrillas de Liberia le arrastró hasta la orilla de Marruecos. A él y a su familia a quienes trató de salvar pero se debió quedar en las manos con las ropas hechas jirones al tirar de los cuerpos inertes de sus padres. Howard vio cómo asesinaban a todos los suyos y voló en una de las explosiones del mar del desierto hasta la oscuridad de una playa que confunde los cuerpos. Montó en una barquilla de papel que justo se empapó hasta llegar a España y un semáforo en rojo detuvo sus pocas ilusiones.

Aun habiendo nacido en Liberia se puede tener sueños. Hizo el bachillerato y soñaba con cumplir la fantasía heredada de sus padres: ser juez. Pero los colores de la bandera de su vida son el rojo que detiene al negro que no puede vivir como un blanco. España, ni le ha dado la nacionalidad a pesar de que lleva entre nosotros más de diez años. Diez años detenido su camino en el mismo semáforo a quien le mira fijamente cuando se cambia a verde y todos nos vamos circulando con nuestro coches. Y le dejamos en el mismo sitio. Porque lo volvemos a encontrar en el mismo lugar. A veces, en ese momento, he girado mi cabeza y he llegado a ver que cómo se bajaba su sonrisa, hasta la siguiente fase de vehículos.

Howard no avanza. Su tiempo está en rojo por culpa de su negra piel, de su falta de identidad, problemas de integración y carencia de dinero. Diez años he estado deseando que a mí, también, me colocara el rojo en su punto de pausa, para poder bajar mi ventanilla, darle la monedita del día, y charlar dos minutos con él. Lo que el rojo me permite. Y así le conocí a Howard Jackson. Cada vez que paso por su semáforo en Plaza de Armas le veo sonreír y lanzarnos besos y saludos cual reina paseante entre sus súbditos. Y sonríe a pesar de su miseria, de no tener nada y de pasar solo las navidades. ¿Alguien le felicitará por su cumpleaños? Recuerdo cuando me contó que se incendió la casa que compartía con otros inmigrantes y no se amilanó. Lo único que tenía, sus centenares de disfraces, se esfumaron entre chispas volantes y humo.

Ahora, he vuelto a hablar con él y he visto un cambio de luz porque está estudiando en la UNED Derecho, para llegar a ser juez. Paga sólo dos asignaturas porque con los escasos quince euros que saca al día no le da para pagar más asignaturas. Howard es real, es un hombre y su libertad depende de nosotros. Bajemos la ventanilla e invirtamos en su futuro para que cuando su semáforo se ponga en verde pueda circular con la libertad que tenemos nosotros. De nuestra generosidad y compresión depende el futuro de un hombre que merece ser autosuficiente y culto. Cómo me gustaría saber que ya tenemos en Sevilla al juez Howard Jackson.

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