alto y claro

José Antonio Carrizosa

Ni juntas ni separadas

TANTO tiempo pidiendo que las elecciones andaluzas no se celebraran el mismo día que las generales, para esto. Tanto tiempo reivindicando la necesidad de que los políticos andaluces dieran explicaciones de lo hecho y expusieran sus proyectos sin estar sepultados en las polémicas nacionales, para que de lo que menos se hable en esta campaña electoral sea del futuro de Andalucía y para que los dos dirigentes con posibilidades de llegar a la Presidencia de la Junta no hayan sido capaces ni de sentarse cara a cara para debatir sus propuestas.

Faltan apenas cinco días para que esta anodina campaña electoral termine y no parece que las cosas vayan a cambiar ya mucho. Griñán sigue aferrado al clavo ardiendo de denunciar los recortes que ya ha hecho o que se prevé que haga el Gobierno de Mariano Rajoy y Javier Arenas sigue empeñado en airear casos de corrupción para hacer ver que estar treinta años en el poder conduce inevitablemente a la degradación, como apuntó el pasado jueves en el Foro Joly celebrado en Almería. La ausencia de un debate serio sobre propuestas de futuro se convierte así en la principal característica de estas vísperas de unas elecciones en las que Andalucía se juega por primera vez la posibilidad clara de que haya alternancia en el Gobierno de la comunidad autónoma.

Llama la atención que el candidato del PP, que ha defendido la separación de elecciones llegando incluso a proponer que se hiciera obligatorio, fuera quien más obstáculos puso al único debate que estaba anunciado, el de Canal Sur, hasta el punto de hacerlo inviable. Pero no toda la culpa es suya: ha faltado en el otro lado flexibilidad y capacidad de negociación.

Todo esto lleva a una segunda reflexión: la inutilidad de las campañas electorales tal y como están planteadas, convertidas en un largo y tedioso peregrinaje de los políticos, con actos en los que los mismos mensajes se reiteran una y otra vez y los medios de comunicación son utilizados como meros altavoces, sobre todo los públicos, en los que la labor profesional de los periodistas queda anulada y se pone al servicio de los partidos. Para remediar esta situación no habría mejor remedio que regular en la ley electoral los debates televisados entre candidatos, de modo que no quedaran supeditados a estrategias partidistas y se consideraran un derecho de los ciudadanos.

Como no parece que esto esté entre los objetivos inmediatos de ninguno de los dos grandes partidos, estaremos condenados a seguir aguantando campañas tan flojitas como esta. Por lo menos, la que ya se encamina a su recta final nos habrá servido para comprobar que el problema no era la coincidencia reiterada de las elecciones generales con las andaluzas. El problema era cómo se afrontan las elecciones y dónde ponen sus prioridades estratégicas los partidos. Si en los cinco días que quedan Arenas y Griñán no son capaces de sentarse a debatir los problemas de Andalucía habrán demostrado que separar las elecciones no sirve en la práctica para nada.

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