Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

El justo castigo

UNA de las muchas contradicciones implícitas de la huelga general de mañana la simboliza la imagen de un exultante José Blanco transmitiendo su satisfacción por haber logrado con los sindicatos (uno de ellos, el suyo) un acuerdo sobre los servicios mínimos en los transportes.

Si probáramos a quitar la voz y a imaginar qué buena nueva está transmitiendo un tipo tan contento, e incluso eufórico, podríamos especular con decenas de razones: ha ganado las elecciones, el desempleo remite, la Bolsa sube o, ya en el plano personal, que acaba de contraer matrimonio. O incluso podríamos suponer (sé que esta suposición tiene truco) que el ministro se siente tan bienaventurado porque los sindicatos han renunciado a la huelga general y se han avenido a aceptar la contraoferta. Pero no es así.

El ministro encargado de garantizar la operatividad del transporte está así de contento por haber convenido el porcentaje de los servicios básicos que se van a suprimir. Ni una palabra, en cambio, para la huelga o los huelguistas. En el PSOE ha calado la idea de que la huelga es el justo castigo a un cambio en la política económica que ni ellos mismos han logrado asumir. Los socialistas se disponen recibir disciplinadamente una azotaina como justiprecio por la reforma laboral y una vez liquidado el castigo ya se verá.

Porque el único coste que está dispuesto a pagar el PSOE es la huelga, no el cambio de política económica, que es imposible. La reforma no es un capricho reversible del Gobierno sino un mandato de la comunidad financiera internacional representada en el Banco Europeo, el FMI y, por supuesto, en esa docena de tipos ariscos de Wall Street ante los cuales Zapatero se doblegó como si fuera Justino de Nassau en La rendición de Breda, pero sin tanta garambaina versallesca.

¿Es una huelga justa, es decir, hay razones para el paro general? Por supuesto que las hay. Pocas veces un gobierno ha decretado de una tacada tantos despropósitos. Ahora bien, ¿es una huelga limpia y con posibilidades de triunfar? Ésa es otra cuestión. Además, hay que aclarar qué entendemos por triunfo. Hay quien piensa que los sindicatos vencerán si logran movilizar a los millones de españoles suficientes para paralizar el país. Pero no es verdad: el único triunfo de una huelga general es cambiar la política nociva del Gobierno. Y eso es muy improbable. Entonces sólo quedarán las urnas. Otra cuestión aún más embarazosa.

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