La esquina

Las lealtades culpables

NADIE puede conocer aún todas las circunstancias que rodearon la muerte y desaparición de Marta del Castillo, pero los acontecimientos de las últimas horas alumbran un panorama que necesariamente interpela a la conciencia colectiva de una sociedad satisfecha de sí misma que hace algunas cosas muy mal, pero ni se pregunta en serio por qué.

Piensen en esto: además del autor confeso del crimen, hay otros tres detenidos de su entorno, el amigo que le habría ayudado a deshacerse del cuerpo, otro amigo, menor de edad, y un hermanastro. Su grado de implicación no se sabe, pero la actuación policial induce a considerar probable la participación de varias personas en la muerte y ocultamiento de Marta. Esto es grave, porque significa que la lealtad de pandilla funciona como un mecanismo insuperable de comportamiento.

Que un chaval de quince años sea capaz de encubrir -o de hacer de cómplice de, ya veremos- el homicidio o el asesinato que ha cometido un amigo, y en la persona de otra amiga, revela la presencia de una cultura malsana de cuadrilla férreamente unida que se impone a las exigencias de la ética personal e incluso del temor al castigo que el delito trae aparejado. No puede ser que ignore la diferencia entre el bien y el mal. Más bien se ha movido impulsado por la idea de que la culpa del mal resulta menor, incluso asumible, si lo hace uno de los suyos, el colega de toda su corta vida.

Y hablando de lealtades, hay un fenómeno social creciente que explica lo que está pasando en el seno de las familias con hijos adolescentes: los padres, por muy preocupados que anden con la educación de sus niños y por mucha atención que les presten, ignoran lo que éstos piensan y lo que hacen. La extrema movilidad de los muchachos, la complejidad relacional y las modernas tecnologías de la comunicación no hacen sino agudizar el hecho de que los padres desconocen buena parte de sus vidas, sus amistades, sus pautas de conducta y sus hábitos. La autoridad familiar, normalmente rechazada a la llegada de la adolescencia, ha sido suplantada por una amalgama confusa de lealtades inmaduras, valores peliculeros y códigos tribales en los que se encuentra falsamente el calor que cualquier ser humano necesita para sentirse alguien.

Los padres y la escuela han sido derrotados, probablemente por su propia impericia para ordenar un mundo complejo que se les escapa. Las muchachas desafían todo aquello que les han enseñado en casa, pero aceptan que un novio de ocasión, posesivo e incapaz de asimilar la frustración, les imponga no llevar minifalda o no juntarse con otros. Creíamos que el machismo era una lacra de hombres antiguos y resulta que funciona también varias generaciones después.

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