la tribuna

Emilio González Ferrín

Otra lectura de Las Navas

DURANTE siglos, los que pasaban por los alrededores de la actual La Carolina aprovecharon el hierro que quedó tras la batalla de Las Navas de Tolosa, en julio de 1212: puntas de flecha, cascos, espadas... No es mala prueba historiológica de cuanto pudo haber pasado, en una materia y unas coordenadas en las que se tiende a exigir pruebas si uno dice que algo no ocurrió, en lugar de presentarlas demostrando que ocurriese. Aquel crecido y fronterizo siglo XIII explica algunas cosas y justifica otras muchas, razón por la que Las Navas se presenta como algo más que un enorme hecho de armas -no todos lo fueron, en torno a Al Ándalus- cuya trascendencia exige una segunda lectura más allá de la novela histórica.

García Gómez dio unas primeras pistas en su libro Andalucía contra Berbería, y María Jesús Viguera las engarzó con valiosos testimonios: la verdadera invasión relacionada con lo andalusí es la norteafricana en tres fases desiguales -almorávides, almohades, meriníes- aprovechando el esplendor no castrense de las Taifas. Musulmanes norteafricanos invadieron las tierras de musulmanes andalusíes, y éstos no reaccionaron con el aplauso hoy esperado de amigos en el choque de civilizaciones. Abu Maruán, cortesano andalusí de Valencia, creyó que el golpe de Estados norteafricano sería pasajero, y aplaudió a un efímero éxito de Alfonso I El Batallador con unos versos sin desperdicio contra los norteafricanos: "Hijos de mala madre; huis como asnos despavoridos [...]. Ha llegado el momento de daros para el pelo. No va a haber velo en el mundo para taparos la cara hasta que os mandemos de vuelta a ese desierto vuestro, y así poder después limpiar Al Ándalus de vuestros excrementos". No parece que este señor fuera consciente del trascendental enfrentamiento complementario entre cruzada y yihad con que después se colorearía su tiempo, sino que más bien ilustra algo que el rey sevillano Almutamid comprendió cruzando el Estrecho cargado de cadenas y que se evidenciará después en 1212: se podrá utilizar la religión en la batalla, pero cuerpo a tierra, que vienen los nuestros.

Antes de 1195, Alfonso VIII proyectó la construcción de una capital en Alarcos. En plena fiebre de crecimiento castellana, el rey debía hacerse fuerte en el sur porque Navarra y León coqueteaban con el poder almohade para estrangular al castellano. Pero Alarcos fue un fracaso estrepitoso, y la imparable presión bélica de los almohades llegaría hasta los mismos muros de Toledo. Y ahí nació la muy calculada apuesta reactiva del 1212 -esfuerzo, maestría y seso son las claves del arte de la guerra, dirá el descendiente Alfonso X-; de la cooperación entre el estratega Alfonso VIII y el ideólogo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo. Éste último obtuvo del papa Inocencio III la consideración de Cruzada, congregándose en Toledo un ejército de cruzados europeos, ultramontanos. Por lo tanto, en el pensado recorrido histórico hasta Las Navas de Tolosa, contamos con un Ejército castellano, otro ultramontano, la incógnita acerca de cómo reaccionarán los otros reinos cristianos -no en el caso de Aragón, siempre junto a Castilla-, un adecuado envoltorio de Cruzada... Pese a ello, la consideración documental de la batalla no es tan explícita de guerra contra el islam, como de Batalla campal al rey de Marruecos.

El resultado de la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212 es conocido: pierde el Miramamolín, deformación de Amir al-Muminín, el título califal que aún se ostenta más allá del Estrecho. Pero hay una serie de detalles en torno a la batalla que no suelen tenerse en cuenta: en primer lugar, aquel ejército de cruzados europeos pierde su legitimidad ante el rey castellano en el asedio de Malagón. Incumpliendo el arte de la guerra de Alfonso VIII, arrasan la ciudad. Ese ejército de cruzados abandonará la coalición antes de las Navas, y en su retirada hacia los Pirineos -dedicada al pillaje-, asedian la propia Toledo, cuya población civil -el Ejército está en el frente- debe organizarse para evitar una masacre en la judería. En segundo lugar, parece que las tropas andalusíes desertan en medio del fragor de la batalla, por lo que el desarrollo definitivo de la misma consistirá en un ejército peninsular tratando de expulsar a un ejército invasor.

En adelante, se expulsará a los musulmanes -africanos-, pero habrá moros -andalusíes- en las ciudades -léase el Fuero de Córdoba de 1241, ratificado por el propio Jiménez de Rada-. Por otra parte, el cristianismo administrativo proyectado por este último abarcará desde las divisiones de los barrios de las ciudades hasta la interpretación de la historia, codificando desde su presente una narración oficial de conquista y reconquista que servía a la logística militar de su tiempo pero ha quedado como ideología actual en España, anclada en el improbable mito de Covadonga.

Por último, el crecimiento castellano desde 1212 -Córdoba en 1236, Sevilla en 1248- se detiene a mediados de siglo creando doscientos cincuenta años de frontera. No es la paz improbable de algunos historiadores; es que Granada no estaba en la agenda y sí en las conquistas anteriores, con sus tropas de apoyo a Castilla. Ese tiempo de frontera, que Márquez Villanueva describió magníficamente en su Concepto cultural alfonsí, es el que define una historia de España habitable.

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