Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

26-J: una lectura andaluza

PARA encajar el cuadro que dejan las elecciones del domingo pasado en Andalucía hay que partir de dos evidencias que van a estar muy presentes a partir de ahora. La primera es que, como se ha encargado de propagar a troche y moche Susana Díaz, el sorpasso de Podemos se ha evitado aquí: si no hubiera sido por la enorme diferencia de votos que se ha registrado en Andalucía hoy estaríamos en una situación mucho más complicada que la ya muy difícil a la que nos enfrentamos. La segunda constatación, que guarda más relación con la primera de lo que podría pensarse, es que los socialistas han perdido las elecciones a manos del PP, algo que no estaba en las previsiones de la presidenta andaluza y que a partir de ahora la va a condicionar tanto en la esfera interna de las tensiones en su partido como en la externa de la gestión de su Gobierno.

Lo primero, el haber contenido a Podemos, va ser fundamental para normalizar la política española en los próximos meses. El partido que comanda Pablo Iglesias ha quedado relegado a poco más de lo que significó Izquierda Unida en sus mejores tiempos y ahí es previsible que se quede durante un largo periodo. No ha sido un fenómeno exclusivamente andaluz, aunque aquí haya tenido especial incidencia. Podemos tiene dificultades para existir allí donde los socialistas siguen manteniendo influencia; es decir, en la España más pobre: Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha… y encuentra mucho más oxígeno donde el PSOE está hecho unos zorros, que coincide con la España más rica: Madrid, Cataluña y el País Vasco... Se podría decir, con la dosis de verdad que encierran todas las caricaturas, que al norte de Toledo y al este de Albacete el PSOE está agonizante o lo siguiente. Esta situación da credenciales a Díaz, pero también a otros barones, para jugar el papel determinante en la reconstrucción del proyecto socialista, que es vital para que España tenga una democracia de calidad en los próximos años. Ella lo sabe y lo hará valer en el momento oportuno, que se dibuja para después del verano.

El segundo factor, la derrota electoral en Andalucía, arroja perfiles más controvertidos para la presidenta andaluza. Susana Díaz es una gran administradora de silencios en las situaciones complicadas como la que ahora se atraviesa. La incontinencia declarativa de la semana posterior a los comicios demuestra que se han encendido las luces de alarma en el puente de mando del socialismo andaluz. Cierto que eran unas elecciones nacionales en las que se ha producido una concentración de voto útil hacia el PP y cierto también que Díaz no se sometía al escrutinio de las urnas, aunque tuviera un claro protagonismo durante la campaña. Pero el revés está ahí -el primero en las varias consultas celebradas desde que tiene el mando efectivo del PSOE andaluz- y ha envalentonado a un PP que parecía desarbolado y resignado a la derrota.

Tras estos resultados, Susana Díaz haría bien en anotar algunos datos para la reflexión. Como, por ejemplo, que el Gobierno que ella preside presenta la que posiblemente sea la mejor alineación en años. Pero emite unas preocupantes señales de actividad plana y atonía. Es un problema de comunicación, de un calendario marcado por las convocatorias electorales y de los diversos frentes todavía abiertos en los tribunales. Pero lo es también de gestión y esa es la deriva a corregir de forma inmediata. Otro elemento a considerar es cómo se vota en las grandes ciudades. Sevilla capital es un claro ejemplo. A duras penas se ha resistido en la provincia. Aunque el empate en escaños es el peor resultado de la historia, en votos se sigue manteniendo una clara ventaja. En la ciudad la situación es más preocupante para los socialistas: un año después de desalojar al PP de la Alcaldía no se percibe que Juan Espadas mantengan las expectativas con las que llegó al cargo.

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