Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

La lengua de la crisis

TODO parece girar sobre el lenguaje común, ese que miles de españoles consideran, paradójicamente, acosado y en peligro. ¿Qué pensarán de tan pavorosa y monopolista hipótesis los colombianos, los argentinos, los ecuatorianos, los chilenos, etcétera? ¿Cómo hacerles comprender que un sector de españoles, creyéndose el centro exclusivo del habla castellana, muy al estilo del imperio, cree que su idioma está en coma? Y sigue la disputa del lenguaje. Mariano Rajoy reprocha a Rodríguez Zapatero su empeño en reabrir debates sobre tres conceptos vidriosos -la ley de plazos del aborto, el de la eutanasia y el de la laicidad- y eludir así el auténtico, el de la crisis; y Zapatero, por su lado, sermonea a Rajoy por "regodearse" en un término que él considera prohibido.

Uno que se niega a decir y otro que nombra demasiado. Todo, como se ve, muy terminológico. Según Zapatero, lo que no se dice no existe. De ahí su resistencia supersticiosa a no pronunciar la palabra maldita. Sólo el que rompe el tabú y pronuncia el término prohibido padece de inmediato los horrores de la crisis. La mayoría de los españoles, por ejemplo, estamos pagando caro (carísimo, incluso) la temeridad de haber incorporado a nuestro lenguaje cotidiano el vocablo aciago. No es el único tabú lingüístico. A lo largo de los dos últimos años los más conspicuos economistas y constructores han negado sistemáticamente que existiera una amenaza denominada burbuja del ladrillo, hasta que al estallar el vocablo ha puesto a todos perdidos.

Sin embargo, pese al esfuerzo de Zapatero, el lenguaje de la crisis se escurre por los intersticios del idioma. Todo cambio de fortuna implica un reajuste del lenguaje. Ahora vuelven los montes de piedad. Y vuelven expresiones como "papeleta de empeño" o "joyas de familia" que parecen entresacadas de las crónicas periodísticas de los años cincuenta del siglo pasado. Los montes de piedad, la casas de empeño vinculadas a las cajas de ahorro, han aumentado considerablemente su actividad en los últimos meses. Un 7% en el primer trimestre del año. Nunca han dejado de funcionar, es cierto, pero solapadas bajo el lustre de los tiempos nuevos. Muchas cajas de ahorro aprovecharon las décadas de esplendor para eliminar de sus rótulos el apellido un poco bochornoso de los montes de piedad. ¡Sonaban a posguerra!

El lenguaje de la crisis tiene un rara capacidad para amedrentar. Regresan las palabras y traen consigo ecos del pasado intimidadores y alarmantes. Sólo falta que vuelvan los semaneros, con sus carpetas cerradas con ligas, sus fichas manuscritas y la lista para calcular las gabelas, esas hermanas miserables de los intereses y el euríbor.

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