Desde mi córner

Luis Carlos Peris

De la lesión a la burda picaresca

Visto lo visto, no tienen razón en el Betis para quejarse por que siguiese el juego con Capi y Arzu en el piso

DEFINITIVAMENTE, los jugadores del Betis no echarán el balón fuera cuando un rival esté tirado en la hierba. Dicho así suena mal, pues son infinitas las causas que llevan a un futbolista al piso. Puede ser truco o lesión, lesión leve o importante, por lo que no puede ser que se tome esto tan por la tremenda. Ya no lo tiramos más fuera, pues tampoco es eso, que cualquiera sabe en qué circunstancias se halla el damnificado. Sí habría que aleccionar a los árbitros para que sean ellos los que paren el juego cuando haya alguien postrado, que estén más pendientes para que no haya picaresca ni pasividad ante un posible daño.

Es el pan nuestro de cada partido eso de cortar un avance porque un rival está en el suelo y la cosa se ha calentado por lo del domingo en Heliópolis. Y estoy convencido de que en el Betis no tienen razón los que claman por que el jugador del Dépor continuase la jugada mientras Arzu y Capi quedaban tirados. Estoy convencido, además, de que el bético más frío hubiese clamado contra los suyos de no aprovecharse de la desaplicación del rival, de una desaplicación como la que cometieron Arzu y Capi colisionando sin que viniese a cuento. Colisionaron por descontrol propio y pericia ajena, por lo que no caben reclamaciones de índole alguna.

Cuando aquel gol de Bjeliça al Celta en la semifinal copera del 97 fueron los gallegos los que juraron en arameo y tampoco tenían razón. Los célticos que adiestraba Fernando Castro Santos emplearon ardides de todo tipo para que el crono corriese más que el juego y aunque lo del domingo fue distinto, tampoco cabe quejarse. No cabe quejarse ni tampoco cabe la amenaza de ya no lo echaremos nunca fuera porque la decisión no puede ser tan de piñón fijo. Hay que tirarlo fuera como se tiraba fuera antes de que la picaresca abundase como abunda ahora en el fútbol, cuando la ocasión así lo demande, pero tan mal está el truco como la amenaza.

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