Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

La libertad denigrada

CIERTOS programas de televisión podrían llegar a ser el detonante de actos de violencia asesina. Pero, antes del no retorno de la muerte, hay una escala muy larga de posibles influencias perniciosas. Extraña que se pueda afirmar que la libertad de expresión ampara todo tipo de bazofia, y que este mensaje, generalmente interesado, tenga eco en algunos líderes de opinión.

En España se ha pasado de ensombrecer la naturaleza de servicio público de las televisiones privadas a ignorar las regulaciones que emanan de las directivas europeas. Las cadenas han impuesto su criterio, han privatizado el usufructo de la libertad de expresión y desatienden, con la trivialización y el sensacionalismo, el derecho a la información de los ciudadanos. Toda llamada al orden es tenida por atentado a "su" libertad, cuando de lo que se trata es de evitar un atentado mayor, el de quienes infectan, desde una posición de dominio, el espacio público con la expresión más degradada de los medios. Por si fuera poco, se confunde a la opinión diciendo que la televisión en Europa es así, que huele a podrido en Dinamarca y también en Francia, Suecia, Alemania, Reino Unido... Falso.

Estos días se vuelve a jugar al equívoco de la autorregulación, al compromiso de buena conducta de las mismas cadenas que, al comienzo de la legislatura, prometieron controlar sus emisiones. Bastaría con que se persiguiera el incumplimiento de la ley para acercarnos al modelo audiovisual europeo. A la vicepresidenta Fernández de la Vega hay que pedirle que vea otras televisiones e invite a miembros del Ofcom británico o del CSA francés para que analicen nuestras emisoras y digan si ciertos programas podrían ser difundidos impunemente en sus países.

No se trate de engañar con la apelación recurrente a la libertad de expresión, que es una conquista de la democracia y pertenece a la esfera de lo público. Hace sesenta años, en Estados Unidos, la Comisión Hutchins concluyó que el mercado no había nacido para defender las libertades, ya que esa defensa era una de las razones que justificaba la existencia del Estado. En ningún caso la libertad de expresión puede arrasar con los derechos a la propia imagen, el honor y la privacidad o invadir competencias sobre las que el Estado tiene reserva, o atentar contra la cultura y el progreso de un pueblo, o fomentar el empobrecimiento colectivo y la violencia de todo género. Nada de esto tiene que ver con la difusión libre de la pluralidad ideológica.

Hay armas legales para decir a quienes denigran la libertad que no todo vale y que la soberanía de un país aún no radica en la voluntad del mercado. La dejación de los poderes públicos, manifiesta en una tolerancia continuada, entraña graves responsabilidades.

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