La tribuna económica

Rafael / Periáñez

Los límites de Barack Obama

EL recién elegido presidente de los Estados Unidos concedió hace no mucho días una entrevista que permitió a la cadena que la emitió obtener una audiencia que no tenía desde 1999. Aunque sólo sea por ese dato, es evidente que el señor Obama se ha convertido en una especie de símbolo mundial que encarna en las ilusiones de muchas personas de buena fe las ideas de cambio, regeneración moral, liderazgo, confianza, y no sé cuantas más. Su irrupción en la esfera pública ha coincidido con sucesos también mundiales que -por qué negarlo- han contribuido a convertirlo en el mito que de momento es para un amplio sector de la población. Sin un Sr. Bush, sin una guerra de Irak, sin un Guantánamo y sin una crisis financiera mundial, Obama sería menos Obama. Lo que parece claro es que en sus discursos dice lo que la que la gente desea oír y sentir como posible.

Las economías planificadas mostraron todas sus carencias no hace demasiados años; y el capitalismo en su forma más liberal y extrema ha hecho lo mismo en tiempos recientes. Como suele suceder, los extremos acaban conduciendo a situaciones sorprendentemente parecidas. Ambas opciones, aun partiendo de premisas económicas diferentes, han generado estados de opinión comunes en algunas cuestiones.

Por poner sólo un ejemplo, si tuviéramos la curiosidad de analizar muchas tertulias de radio y televisión de los últimos años, nos daríamos cuenta de que ha estado de moda criticar todo lo que oliera a Administración Pública a regulación o a Estado. El tertuliano que en sus intervenciones no sacara de su chistera alguna frase ocurrente y de mofa hacia lo público, no era considerado un tertuliano de primera. La crisis del Estado omnipresente y la convicción de las bondades del Estado ausente han conducido a una misma creencia social.

Obama representa con sus palabras esa tercera vía que tantos desean ver hecha realidad. Sin embargo, mantengo recelos respecto de su capacidad para alterar sustancialmente el rumbo de la situación. En su entrevista no faltaron llamamientos a una nueva ética de los negocios ni comentarios sobre los volúmenes de fondos que se destinarán a la reactivación económica. Pero me sigo preguntando por qué se tiene tan claro que es el Estado quien debe desembolsar esas ingentes cantidades de recursos y, sin embargo, no se afirma con la misma rotundidad que debe ser el mismo Estado el que, en lugar de hacer grandes llamamientos hacia la moralidad, se atreva a regular abiertamente y con leyes ciertos comportamientos de banca, empresas y altos directivos.

Si de verdad se quieren inculcar comportamientos más éticos, seamos prácticos: en lugar de esperarlos de la buena fe de las personas, será mucho más rápido y sin duda más eficaz exigirlos por ley. Mientras se mantenga esa doble vara de medir, tendré que seguir dudando de quiénes son los que de verdad manejan este cotarro. Para ser completamente sincero, seguiré creyendo que, aunque esté fuera de duda quién elabora las leyes, no lo estará tanto quién las dicta.

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