La tribuna

antonio Montero Alcaide

La lista de los reyes godos

IMPORTA conocer el nacimiento, los afluentes principales, las ciudades que atraviesan y la desembocadura de los ríos de la Península? ¿Y los sistemas montañosos con sus picos principales. ¿Y localizar en un mapa las provincias de España o los estados de Norteamérica? Las respuestas, sobre todo sin son dadas por personas de mayor edad, pueden resultar afirmativas por esa lógica, acumulativa y enciclopédica, de una cultura general que trae causa de las maneras de enseñar, y de aprender, de hace algunas décadas.

La cuestión se ha puesto de actualidad con la publicación de los resultados de una prueba de conocimientos comunes realizada para acceder al desempeño profesional como maestros. Pero si parecidas cuestiones se formularan a otros profesionales o personas "instruidas", cabe suponer que tampoco resultarían satisfactorios los resultados. Si bien no responder de manera adecuada a determinadas cuestiones de esa prueba y cometer errores ortográficos de bulto es un asunto preocupante, con independencia del uso instrumental e interesado que, por unas instancias y otras, haya podido darse a la publicidad de los resultados.

Y si las mismas pruebas o exámenes que los alumnos aprueban en junio volvieran a realizarse en septiembre, después de las vacaciones, ¿se mantendrían los resultados de junio? De no ser así, como es previsible, cabría pensar que la utilidad del aprendizaje es propiamente demostrativa. Esto es, demostrar que, sobre todo, se han memorizado adecuadamente los contenidos o las estrategias aplicadas. ¿Es suficiente con ello? En principio, tal demostración conduce a acreditaciones escolares y buena parte de las generaciones ya algo metidas en años ha aprendido así; pero, conviene tenerlo claro, ni los alumnos de esta posmodernidad incierta se parecen a los de hace décadas ni las maneras de enseñar de entonces son igualmente efectivas en la actualidad. ¿Es dable pensar, entonces, que no saber desenvolverse en las redes sociales, con la cacharrería informática, con los misterios inalámbricos del bluetooth, con las aplicaciones a granel, apps, en los teléfonos inteligentes, resulta asimismo una manifestación de "incultura general"?

Como para cualquier problema complejo, nunca son recomendables remedios o explicaciones sencillas. Además, la cuestión ya concernió a los clásicos, al despuntar la paideia griega, primero, y la humanitas romana, después, que Cicerón aproximó a la naturaleza de "cultura". Y ya desde sus orígenes, a la cultura general no le concernían tanto los saberes específicos, el conocimiento mecánico, como la aptitud, sostenida en disciplinas "transversales" al modo de la retórica, para ejercer los deberes cívicos, un humanismo cívico integral que apartara de la barbarie. Si reparamos despacio en lo que más hemos retenido de nuestra formación académica, es factible coincidir en ámbitos como la expresión escrita, por mucho que los comentarios de texto pudieran resultar, para algunos, un ejercicio peliagudo. Del mismo modo que echamos en falta, por la necesidad de desenvolvernos con soltura, tanto cívica como personalmente, la capacidad de expresión oral, de ese hablar bien en público que tanto asusta.

¿Significa lo anterior que se mengüe el valor de los contenidos, que se abogue por métodos de enseñanza "lúdicos", que se aborrezca el esfuerzo, que se postergue la memoria, que se "baje el nivel"? En modo alguno. Se trata, en este caso, de situar el debate, la reflexión, en la naturaleza de los contenidos que se enseñan, en la relevancia y la significación de éstos para que formen parte del acervo de conocimientos y destrezas básicas con las que ha de valerse un sujeto educado para su desenvolvimiento social y personal. A su vez, interesa tomar conciencia de las distintas vías de acceso al conocimiento que están al alcance inmediato, y alternativo, de los alumnos; de la necesidad de enseñar el uso de esa información acumulada; de la motivación y utilidades que pueden resultar de esas otras fuentes. Como, también, la memorización ha de realizarse de modo más compresivo que mecánico, para que conocimientos nuevos y previos se asocien de manera satisfactoria y amplíen la capacidad de seguir adquiriéndolos.

Al cabo, la cultura general no se sostiene sólo en la provisión de los aprendizajes académicos sino que, sobre todo, se forja y alimenta en la lectura aplicada a diversos tipos de texto, en los viajes adecuadamente planificados, en el afán por indagar y conocer, en el intercambio enriquecedor. De tal manera que si la lista de los reyes godos hoy nos parece una antigualla de aprendizajes poco útiles, tampoco se convierta la prioridad de lo práctico en una forma de postergar los conocimientos indispensables y de no acertar con los modos de enseñarlos.

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