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Rafael Padilla

El llanto de Moratinos

NO seré yo quien se entrometa en las broncas de Pérez Reverte. Entre otras razones, porque él solito se basta y se sobra. Pero tiene su gracia que el cese de Moratinos haya sido noticia más por pucheros y patochadas que por lo que en sí mismo significa, por el fin de una peripecia sainetesca de la que conviene hacer justo balance. Que un ministro se entere de su despido sentadito en el banco azul no está bien. Que la fulminante nueva le cause pública llorera, que quieren que les diga, a mí me parece que tampoco. Ni, por supuesto, que, ajustando rápidas cuentas, haya quien se apresure a hincarle la gran lanzada al moro muerto. No soy experto en los huevos de nadie, ni me despepita la afición freudiana por encontrarle explicación a los ridículos ajenos.

Porque creo que es lo que en verdad importa, me interesa mucho más el juicio que merece lo que, como mandatario, hizo o deshizo. Y ahí, sin acritud y sin exabruptos, la conclusión no puede ser más penosa. Demasiadas torpezas y demasiados errores. Me resulta incomprensible, de entrada, la política suicida -la inauguró en el primer minuto- de enemistarse con la primera potencia del globo. Un descalabro que, a pesar de "acontecimientos planetarios", todavía colea y que nos ha restado presencia y peso en el escenario internacional. De traca, también, la archifamosa alianza de civilizaciones, una ocurrencia que únicamente ha encontrado calor y respuesta en países tan ejemplares como el Irán de Ahmadineyad. Estériles, por ilusos y sectarios, los esfuerzos en Oriente Medio. Reprochable, por débil, traidora y hasta servil, su postura sobre el Sahara Occidental. Desconcertante la falta de criterio y la dejación de responsabilidades en conflictos espinosos: la facilidad con la que pagamos chantajes a terroristas y delincuentes; la candidez con la que concedimos bazas en el pleito de Gibraltar; la resignación bobalicona con la que encajamos los desplantes y provocaciones del vecino marroquí; el espectáculo de una España mendicante de puestos en foros en los que ni se nos quiere, ni, ahora, pintamos nada.

Y, para rematar tan modélica trayectoria, dos obsesiones. Moratinos ha querido ser el hombre de Castro en Europa, aunque fuera al precio de insultar y despreciar -la denominada liberación no es más que destierro- a los disidentes del régimen castrista. Algo tan vergonzoso como nuestras esperpénticas relaciones con Venezuela, asimétricas en la medida en que Chávez, el tirano, hace siempre lo que le viene en gana y nosotros, obsequiosos cual fieles lacayos, le vestimos puntualmente el muñeco para que no se desencadene en exceso su furia bolivariana.

¿Que qué opino del llanto de Moratinos? Pues que se trata de una muestra más de su enfermiza adolescencia tardía. Ésa con la que, para nuestra desgracia, ha dilapidado el poco o mucho prestigio que aún conservábamos en el mundo.

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